La reciente operación de bombardeo contra un campamento de alias Gentil Duarte es objeto de controversia luego de que medicina legal confirmara la muerte de una adolescente de 16 años y se denunciara por parte de otras organizaciones la posible muerte de otros menores de edad. Esto último, se ha descartado parcialmente al confirmarse la identidad de 8 personas, 7 de ellas mayores de edad, y queda por confirmar la identidad de dos de las personas fallecidas en el operativo.
La reacción del entrante Ministro de Defensa también ha sido controversial. En el calor de un severo cuestionamiento periodístico en un medio radial, donde le preguntaban por la supuesta muerte de varios menores de edad, Molano afirmó que “la identidad de las personas debe ser confirmada por la fiscalía, que el operativo se enmarcó bajo el Derecho Internacional Humanitario y que los menores de edad que permanecen en esos campamentos pierden la protección legal y son entrenados como máquinas de guerra”. Afirmó también que la controversia por el operativo desvía el foco del crimen de reclutamiento cometido por las guerrillas y grupos armados, y que hace parte de la guerra política que se desata contra las fuerzas militares.
El tono del Ministro Molano fue desafortunado, generó más polémica de la necesaria y opacó varias verdades que pudo haber dicho. Por ejemplo, era acertado y el tiempo le terminó dando la razón, que primero se debía verificar la identidad de los fallecidos antes de asumir como ciertas las aseveraciones de entidades no oficiales que hablaban de un número de menores de edad fallecidos muy superior. Y algo de verdad hay en que los grupos que le han hecho la guerra al estado colombiano no sólo la libran con combates en el terreno, sino también con matrices de opinión, en estrados judiciales, y en diversos escenarios propios de las amenazas híbridas. Sin embargo, cualquier verdad que haya podido decir el Ministro terminó opacada por el tono agitado y la desafortunada afirmación de los niños como máquinas de guerra.
La guerra política, señor Ministro, es real, pero por esa misma razón es que debe usted pelearla desde su cargo con afirmaciones que refuercen y no que menoscaben la legitimidad de las instituciones. Por eso lo que se esperaba era que antes de tratar a los menores como máquinas de guerra, se les reconociera su carácter de víctimas de reclutamiento forzado. Como tal, los niños y adolescentes, así participen en las hostilidades, no se les captura sino que se les recupera, y el estado debe cumplir su deber legal de protección antes de realizar un operativo militar o en desarrollo de éste. Y aunque es cierto que los grupos irregulares son los principales responsables del reclutamiento de menores de edad, también es cierto que las rutas de prevención del actual Gobierno han estado descuidadas, por no decir que inactivas, tal y como lo pude mostrar en debate de control político que sobre el tema realicé el año pasado. Mayores resultados en la prevención efectiva del reclutamiento, reactivando las rutas de atención inmediata a los casos inminentes, le hubieran permitido al ministro sortear mejor la entrevista.
Del lado menos desafortunado del asunto, se despertó un debate muy importante sobre el uso de la fuerza por parte del Estado en nuestro muy particular teatro de operaciones, en el que se mezclan amenazas de tipo militar con fenómenos criminales que requieren un tratamiento de tipo policivo. Se ha dicho que la ambigüedad del estado colombiano en reconocer el conflicto armado genera inseguridad jurídica e incluso impediría la aplicación del DIH en nuestro país, y por lo tanto impediría el uso de la fuerza letal como primera opción al momento de enfrentar grupos armados. Esto, también se relaciona estrechamente con la cuestión de si los bombardeos son lícitos cuando hay menores de edad en campamentos de grupos armados, o si son lícitos en absoluto en nuestro territorio.
Frente al interrogante sobre la necesidad de que exista un reconocimiento explícito de un conflicto armado interno como condición para aplicar el DIH, considero que no hay nada en las normas internacionales que así lo indique. El Protocolo II adicional a los Convenios de Ginebra de 1949 relativo a la protección de las víctimas de los conflictos armados sin carácter internacional, señala en su artículo 1 que el protocolo se aplicará en los conflictos no internacionales que se desarrollen en el territorio de una Alta Parte contratante entre sus fuerzas armadas y fuerzas armadas disidentes o grupos armados organizados que, bajo la dirección de un mando responsable, ejerzan sobre una parte de dicho territorio un control tal que les permita realizar operaciones militares sostenidas y concertadas y aplicar el presente Protocolo”.
Es decir, que los criterios que se establecen para dar aplicación al DIH en un conflicto no internacional son relativos a las características del grupo armado disidente y a su capacidad militar, y no a las declaraciones políticas que haga el estado. No es necesario, pues, que un estado reconozca la existencia de un conflicto interno para poder aplicar el conjunto de normas que regula la guerra no internacional.
De hecho, la actitud política de que el Estado no reconozca la existencia de un conflicto interno toma cierto sentido jurídico cuando observamos que no todos los rincones del territorio colombiano enfrentan operaciones sostenidas de grupos armados organizados, sino “operaciones” o más bien actuaciones delictivas- esporádicas e indiscriminadas, con métodos no convencionales, que se aproximan más al terrorismo que a operaciones militares sostenidas.
Piénsese por ejemplo en las grandes ciudades del país. ¿Es Bogotá o Barranquilla un teatro de operaciones abierto y total, donde los Grupos Armados controlan territorio militarmente? ¿O dichas ciudades son y han sido más bien capitales con cierta o bastante normalidad, con problemas policivos como la delincuencia común y organizada, y uno que otro bombazo indiscriminado de los grupos armados ilegales en los momentos más álgidos de violencia en las últimas 3 décadas? La respuesta no es tan fácil y de hecho variaría a lo largo del tiempo, pero me inclino a pensar que aún en los momentos más difíciles, las ciudades mantuvieron cierta “normalidad”, cierto imperio de la ley y el estado social de derecho, de manera que si el Estado reconociera la supuesta existencia de un conflicto interno, no sólo impondría una narrativa contraria a los hechos, sino que desprotegería a la ciudadanía al hacer de todo el territorio un campo de batalla, y permitirle a los grupos armados organizados usar la fuerza letal como primera opción y realizar ataques contra supuestos “objetivos militares lícitos”.