En tiempos de incertidumbre y desconfianza que el presidente se empecina en sembrar todos los días, cuando la corrupción y el clientelismo pretenden deslegitimar las instituciones; la mediocridad y la improvisación se toman el liderazgo gubernamental, es imperativo que surja un compromiso de nación ciudadano. No es un gesto simbólico, sino un deber cívico: defender la democracia y recuperar los valores compartidos que nos definen como sociedad.
No es promover ideologías nacionalistas impuestas por la fuerza desde extremos que rinden culto a la personalidad. El compromiso de nación se refiere a la conciencia e identidad colectivas que nos unen en la diversidad; el territorio, la cultura, la historia, el idioma y las tradiciones compartidas. Mas allá de la selección de futbol, es pertenecer a una comunidad con valores y objetivos comunes, un deseo de libertad con un sentimiento de unidad y solidaridad. La democracia es el único camino para que prospere un sentido de nación colombiana.
La democracia no es un concepto abstracto ni una simple estructura de gobierno. Se trata de un derecho de cada ciudadano a decidir su destino, pero también un deber de darle rumbo a nuestro país, sin imposiciones, sin chantajes y libres de redes criminales que distorsionan la voluntad popular para tomarse el poder de la misma forma como un cáncer metastásico destruye un organismo.
Esta deformación nos ha llevado al desaliento, al escepticismo, la desesperanza, la desilusión y a la normalización de prácticas que deberían ser intolerables. El conformismo no es opción. Es hora de actuar, movilizarse, organizarse, apoyar las decisiones de las altas cortes y decirles también a las fuerzas militares y de policía que las respaldamos en su mandato de garantizar el cumplimiento de la constitución.