El premio Nobel recién otorgado a la valiente María Corina Machado se diferencia en mucho al que se le dio al traidor Juan Manuel Santos. Como dice el dicho, “compare, pero no iguale”.
Las circunstancias han cambiado y ya no valen las triquiñuelas como las que se cometieron para que el comité de 2016 fuese presionado a favor de otorgar el tan sonoro galardón a un tramposo que fortaleció a un narcoterrorismo que había sido seriamente golpeado en los ocho años de Álvaro Uribe, para hacer la pantomima de un proceso de paz y dejar a Colombia en una situación de indefensión política, jurídica y militar como no se veía desde la zona de distensión. Los cinco miembros del comité Nobel son otros.
Hasta dentro de cincuenta años no se podrá saber lo que los motivó esta vez y el porqué de un giro tan radical, pero podemos especular un poco.
Hace nueve años Noruega se había convertido en mediadora de procesos de paz y se comprometió muy seriamente en ellos, siendo juez y parte cuando se trató de otorgar el premio Nobel. Hay que tener en cuenta que la empresa noruega Statoil, dos años antes del premio a Santos, hizo importantes negocios con el gobierno colombiano.
Vale recordar que, con un pequeño grupo de amigos, pintamos pancartas denunciando la compra del Nobel por parte del vanidoso Santos y realizamos un plantón frente a la embajada de Noruega en Bogotá, en donde fuimos recibidos por un grupo del ESMAD que nos superaba en número, lo que le añadió simbolismo a un gesto minoritario, pero cargado de lucidez, porque en ese momento casi todo el discurso internacional giraba en torno a la llamada “paz histórica”, y quienes nos oponíamos fuimos tachados de retrógrados de ultraderecha. Considerábamos que una paz sin verdad ni justicia era una forma de impunidad política. Sabíamos muy bien que disentir del relato oficial era un acto subversivo.
Por otra parte, Noruega quería posicionarse como adalid de la paz negociada, así costara la libertad de pueblos como los de Colombia y Venezuela. No les importó que Santos se burlara del NO vencedor en el plebiscito, uno de los más graves ataques a la democracia del mundo en toda su historia.
Mucha agua ha corrido debajo del puente en los últimos nueve años, lo que ha llevado a Noruega a cambiar su foco y su misión, de ser mediadora al de un apoyo a la resistencia contra las tiranías. En esta nueva posición se hizo posible que María Corina Machado reciba este año un galardón que no está manchado de complicidades ni de turbios negocios. Los noruegos pasaron de creerse los mediadores ideales en guerras y conflictos en el mundo a poner la lente en la amenaza que significan las autocracias como la impuesta por el chavismo.