Colombia atraviesa uno de los momentos más críticos en materia de derechos humanos en la última década. El reciente informe del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) titulado “Retos Humanitarios 2025 Colombia”, revela una realidad que no podemos seguir ignorando: este año podría representar el punto más crítico en materia humanitaria que haya enfrentado Colombia en más de una década.
La intensificación de los conflictos armados, la fragmentación de los grupos ilegales y el recrudecimiento de las hostilidades han dejado a la población civil en una situación de extrema vulnerabilidad. Las cifras de personas víctimas de artefactos explosivos, confinadas, desplazadas y desaparecidas en 2024 y 2025 son alarmantes. Pero más allá de los números, lo que duele es el rostro humano detrás de cada estadística: niños reclutados, mujeres víctimas de violencia sexual, comunidades enteras atrapadas entre el fuego cruzado y la indiferencia institucional.
El derecho internacional humanitario (DIH), que debería ser el faro en medio del caos, está siendo sistemáticamente ignorado. La estigmatización de civiles, el uso de bienes como escuelas para fines militares, y la restricción al acceso de ayuda humanitaria son violaciones flagrantes que deben cesar. No hay excusas: el respeto al DIH no puede estar condicionado a negociaciones de paz ni a intereses políticos. Es una obligación moral y legal que debe cumplirse en todo momento.
Los desafíos que enfrenta Colombia son múltiples. Por un lado, está la necesidad urgente de que los actores armados, estatales y no estatales, respeten los principios de distinción, proporcionalidad y precaución. Por otro lado, el Estado debe asumir su responsabilidad de garantizar rutas efectivas de atención, protección y reparación para las víctimas. Esto implica asignar recursos adecuados, fortalecer el Sistema Nacional de Búsqueda y garantizar condiciones dignas en los centros de detención.
Es imperativo visibilizar las formas más silenciadas de violencia, como la sexual. El subregistro de casos y la normalización de prácticas aberrantes como el “sexo por supervivencia” o la esclavitud sexual deben ser enfrentados con políticas públicas integrales, sensibles al género y con enfoque territorial.