Luego de ocho horas de viaje me encuentro muy cerca del Sahara en un Riad en medio del Valle de Dades que ofrece una vista de montañas de colores rojizos en un amanecer con una que otra nube de esas hasta ahora ausentes en toda mi estadía en Marruecos. Los cañones majestuosos me hicieron pensar en el del Chicamocha para luego notar sus particularidades, porque la geografía de acá no la hay en ninguna otra parte. En unos días tomaremos camino a Fez y de ahí de nuevo a Casablanca para darle fin a mi residencia de trabajo a la que fui invitado muy generosamente por Simo y Fihr, propietarios de La Galerie 38, para preparar una exposición por recomendación de Babacar M’Bow.
Gracias a esta oportunidad he podido descubrir un país con el que tenemos muchas similitudes pero fundamentales diferencias. Para mi decepción noto que a pesar de la pobreza, que tal vez sea tan terrible acá como en Colombia, no se le asume de la misma manera. He encontrado en Marruecos una manera distinta de ver la pobreza, tanto así que quise preguntarle a Simo sobre ese asunto. Me dijo que para los marroquíes existe la palabra “Alhamdoullillah” que me tradujo como “remercier à Dieu”, pero que tiene un significado más amplio que el dar gracias a Dios. Esto me ha ayudado a comprender la diferencia entre nuestra tendencia a ver víctimas y victimarios que hacen resentidos a unos y avergonzados a otros y que justifica la violencia como la manera de acabar con las diferencias.
Mientras se tenga techo y comida el marroquí sobrelleva con júbilo su condición porque así lo quiere Alá. Inshalah, si Dios quiere, termino que conocemos los de mi generación gracias a la canción de Adamo: “inshalah, Dios lo quiere, Inshalah “, hace parte de esa especie de estoicismo musulmán.
Estas reflexiones las intento de poner en el papel mientras escucho a españoles, uruguayos e italianos con sus particulares acentos, mientras un burro rebuzna. Levantó mi vista y veo en la montaña casas cuadradas en las que su color es el mismo del suelo porque en el pasado fueron construidas con la misma tierra y que ahora sus muros son pintados porque son en concreto y bloque. El sol se demora en salir detrás de una alta montaña. Mis hijas se alistan para venir a desayunar en una mesa frente a la pequeña piscina bordeada por una columnata que enmarca el paisaje.
En estos días en Marruecos he sacado algo de tiempo para ocuparme en la escritura de un artículo para el número especial dedicado a David Manzur de la revista de la Universidad de Antioquía que me solicitó Elfi. Mientras rememoraba encuentros con el excepcional artista, me pude enterar de lo que Manzur le soltó a la hija del expresidente Gaviria, María Paz, cuando era homenajeado por Artbo, la feria de arte que es financiada por la Cámara de Comercio de Bogotá. Las palabras de Manzur con las que puso el dedo en la llaga al referirse a una condición tan afianzada en el mundillo del arte, no podían ser más claras: