La titularidad de un futbolista, por importante que sea en un equipo o en la selección nacional, no se exige, ni se impone, y menos desde los medios. Al contrario, se gana desde el rendimiento, la influencia en el juego y su comportamiento personal.
La polémica al respecto tiene viejas historias. Alguna vez Carlos Bilardo, técnico argentino, dejó en el banco de suplentes a Diego Maradona y, al final, ofendido el futbolista, intercambió empujones y puñetazos con su director.
A Maturana, en Barranquilla, por poco lo crucifican en el intermedio de un partido clasificatorio al mundial, contra Paraguay, porque no alineó en el segundo tiempo al Pibe Valderrama, para darle cabida al “bendito” Fajardo, a la postre figura en la victoria.
A Messi, Luis Enrique, al comienzo de su ciclo como entrenador en Barcelona, le dio el peto de los relevos, lo que despertó las iras en su contra y en favor de la estrella.
Como estos, decenas de casos en los que la autoridad del entrenador ha prevalecido, por encima de caprichos, rabietas o imposiciones de sus jugadores.