“En aquellos días, el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo: `Pídeme lo que quieras.’ Respondió Salomón: `Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues, ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?’ ”
(Reyes)
“Dame un corazón que escuche”, pareciera que fue el pedido de María Corina Machado y que Dios le concedió con alegría. “Ahí está María” es lo que dicen sus compatriotas cuando la ven llegar. La reciben con algo que se acerca a la veneración, un sentimiento tan profundo que conmueve el alma. A la pregunta de si hay algo religiosos en ese encuentro podríamos responder que sí. Y es que la democracia necesita religión.
“Por qué la democracia necesita religión. Sobre una relación singular de resonancia” es justamente el título del muy recién publicado libro del sociólogo alemán Hartmut Rosa, que nos sorprende con un planteamiento que pareciera ya olvidado, del que, gracias a Claudio Álvarez Terán, he tenido la oportunidad de escuchar un resumen.
La falta de capacidad de escuchar con el corazón en la política puede ser reparada en el ámbito religioso, es la hipótesis que va a desarrollar Rosa en su libro. Este planteamiento, surgido desde la academia alemana, no deja de sorprendernos cuando resuena con tanta claridad en el fenómeno extraordinario que se está produciendo en la Venezuela dominada por una criminal dictadura a la que una mujer ha sabido enfrentar con una valentía y una capacidad de entrega que se sale de los límites de la política tradicional. Pasar del tengo algo para decir al usted tiene algo que decirme, es fundamental para llegar a ese sentimiento de comunión que se acerca a nuestra tradición cristiana. Si Rosa quisiera poner un ejemplo en el mundo real, el de María Corina sería de sobra el más adecuado.
Dice Rosa que la democracia necesita un corazón que escuche de lo contario no funciona. Cuando vemos como María escucha a quienes se le acercan, nuestro sentimiento de empatía se despierta llevándonos a conmovernos intensamente. Es lo que Rosa llama resonancia. El dejarse llamar es uno de los pasos de la resonancia. Algo me llama, inaudito, distinto de lo habitual, lo que es un momento transgresor, como lo explica con claridad Claudio Álvarez. Si siempre me conformo con lo que pienso no puede haber resonancia.