Hoy hay señalamientos públicos sobre un posible problema de adicción del presidente de la República Gustavo Petro. No lo juzgo, pero la persona que ejerce la máxima responsabilidad de poder público debe contar en todo momento con plenas facultades. En 2012, Colombia dio un paso significativo en reconocer que los adictos no son criminales, padecen una enfermedad que voluntariamente debe ser tratada y reconocida como tal por el sistema de salud. Tuve la oportunidad de ser autor y ponente de la ley 1566 de 2012 que abrió la posibilidad de tratamiento para las personas que consumen problemáticamente sustancias psicoactivas adictivas (SPA) o padecen adicción. Esta normativa representó un avance importante en la garantía de derechos para quienes enfrentan trastornos derivados del consumo de drogas. Estableció que el acceso a la salud y a la rehabilitación no debe estar condicionado ni estigmatizado.
La Ley 1566 cambió este paradigma al reconocer que las adicciones deben abordarse como un asunto de salud pública. Garantizó la atención integral de los consumidores dentro del Sistema General de Seguridad Social en Salud. En otras palabras, estableció que cualquier persona con dependencia o problemas derivados del consumo de drogas tiene derecho a recibir tratamiento médico, psicológico y social.
Desde su puesta en práctica, la Ley 1566 ha contribuido a fortalecer las redes de atención para las personas con dependencia a sustancias psicoactivas. Sin embargo, los resultados en términos de salud pública han sido mixtos. Por un lado, ha permitido que más ciudadanos accedan a programas de rehabilitación y tratamiento sin ser objeto de discriminación. Las EPS y las instituciones prestadoras de salud han incorporado servicios relacionados con la atención de adicciones, y se han desarrollado estrategias de educación en consumo responsable.