Desde hace relativamente poco tiempo, el llamado Síndrome del Impostor se ha convertido en un tema frecuente de conversación en el entorno profesional. Lo traigo a esta columna porque mencionarlo y hacerlo explícito puede ser un gran paso para empezar a gestionarlo, si es algo que estás experimentando.
Como yo lo interpreto, el “impostor” es esa voz interior que, en ciertos momentos, nos hace dudar de nuestras capacidades, de nuestros logros y de nuestro propio valor. Es una forma de autoconversación que sabotea el reconocimiento de lo que somos y lo que hemos alcanzado, su presencia se ha vuelto tan común que ya tiene nombre: Síndrome del Impostor.
Por definición, se trata de una sensación persistente de no merecer los propios logros, con el temor constante de ser descubierto como un fraude. Lo problemático es que suele aparecer, paradójicamente, cuando las cosas van bien. Es como si tu mente te susurrara: “No te lo creas”. Además, es silencioso; se sufre en silencio, y muchas veces no nos atrevemos a ponerlo en palabras.
Te comparto algunos ejemplos de esa autoconversación para que puedas estar alerta:
- A pesar de recibir elogios o alcanzar metas, sientes que no eres lo suficientemente competente.
- Crees que tus logros se deben a la suerte, a la ayuda de otros, o a que la tarea fue demasiado fácil.
- Tienes un temor constante de que los demás descubran que no eres tan capaz como aparentas.
- Te esfuerzas por alcanzar la perfección en todo lo que haces y te sientes insatisfecho con menos: perfeccionismo extremo.
- Te comparas con frecuencia con otras personas y sientes que no estás a la altura.
Si te identificas con algunas de estas señales, es posible que estés viviendo este síndrome. No estás solo. Muchas personas —incluso aquellas que consideras muy exitosas— también lo experimentan. Pero es posible transitarlo, con ayuda de un coach, de la terapia, o incluso hablando con tu líder o tus colegas. Aquí te comparto algunas formas prácticas de abordarlo: