Como muchos otros caficultores, él también fue víctima de la ruptura del Pacto Mundial Cafetero a fines de los años 80, cuando se puso en boga el modelo de apertura económica y, por ende, la liberalización del comercio internacional que hoy todavía se impone a diestra y siniestra.
Cuando menos pensó, no tenía con qué pagar las deudas, pues los precios del grano se fueron a pique, no daban sino pérdidas, y como los intereses de los créditos estaban por las nubes, atados a una alta inflación, la única salida que tuvo fue rematar su finca al mejor postor (en esa época los narcos se aprovecharon de lo lindo por ser casi los únicos que podían comprar).
Fue cuando decidió, tras hacer unas pocas inversiones en el área urbana de su pueblo natal, irse por los lados de la Costa Atlántica, cerca a Santa Marta, donde con un viejo amigo suyo metió los pocos ahorros que aún le quedaban en otra finca, donde estaba seguro que saldría una vez más adelante, dada su condición de buen administrador.
Estaba feliz, en realidad. Volvía a la Costa -donde vivió por muchos años, desde su juventud, cuando hizo fortuna en el comercio- para disfrutar nuevamente del calor y del mar, de la brisa y, sobre todo, de la tierra, de sus amados cultivos, en compañía de los suyos, de su familia, de su esposa y de sus hijos pequeños. No se cambiaba por nadie, mejor dicho.
Pero, un día cualquiera las cosas cambiaron por completo. De un momento a otro, se le apareció un grupo de hombres armados, quienes se identificaron como miembros de las Farc, el grupo guerrillero que entonces hacía de las suyas a lo largo y ancho del país, especialmente allá, por la Sierra Nevada de Santa Marta, en cuya vasta, empinada y boscosa región se escondían.
Le explicaron, sí señor, que esa tierra era de ellos, donde ejercían su control soberano desde tiempo atrás, más aún cuando se trataba de un corredor estratégico en su travesía desde la montaña hasta los centros urbanos, tanto por su lucha revolucionaria como por los negocios que les permitían financiarla (el tráfico de drogas ilícitas, cabe suponer). “La finca es nuestra”, le dijeron.
Por tal motivo -agregaron los inesperados visitantes, alzando la voz-, debían salir de allí cuanto antes, devolverles su propiedad, “y si no lo hacen -le advirtieron, amenazantes-, toda la familia sufrirá las consecuencias”, por lo cual simplemente él, su esposa y sus hijos pequeños estaban en peligro de muerte. Serían ajusticiados, ni más ni menos.
Él, que ha sido hombre de paz, enemigo de los problemas y sólo un trabajador incansable como buen paisa, no tuvo otra salida que abandonar y perder su finca (a diferencia de otros propietarios que decidieron luchar con el apoyo, en ocasiones, del Estado y las fuerzas militares o paramilitares frente a la terrible arremetida guerrillera que estaba a punto de tomarse el país). Salió sin un peso, claro está.
Durante varios días permaneció en Santa Marta, tratando de sobrevivir con su familia. No obstante, la falta de dinero lo obligó a pedir auxilio para que le ayudaran con su trasteo de regreso al pueblo, donde con el paso del tiempo terminó solo, asistido por sus hermanas, ancianas como él, y finalmente por un hijo suyo que ya había crecido, quien le tendió la mano al igual que su hija mayor que vive en Europa. Del hombre seguro, confiado y orgulloso de antes, nada queda.
No le interesa, por lo visto, reclamar sus derechos como víctima de las Farc, ni recuperar su tierra en la Costa aunque posea el título de propiedad, ni mucho menos meter a sus hijos en tales problemas, acaso para no repetir su historia. Le importa un comino, en fin, que sus victimarios nunca paguen sus delitos, ni vayan a la cárcel, y más bien se dispongan a disfrutar de la libertad para hacer política y llegar al Congreso o al Gobierno, sin que digan siquiera qué hicieron con su finca, con su dinero, con su felicidad.
Ahora sólo quiere morir tranquilo y en paz…
Otra víctima de las Farc
Como muchos otros caficultores, él también fue víctima de la ruptura del Pacto Mundial Cafetero a fines de los años 80, cuando se puso en boga el modelo de apertura económica y, por ende, la libe
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Jueves, 8 de Septiembre de 2016
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