En los últimos años han sucedido en Colombia hechos de gravedad inocultable, fehacientemente demostrados y de público conocimiento, que colocan en entredicho la democracia y arrojan sobre el país sombras muy oscuras, sin que para rechazarlos haya habido reacción vigorosa de la sociedad ni de la clase política y empresarial ni de las autoridades de control, gubernamentales y jurisdiccionales. Contrasta esta situación con lo que se ha vivido en otros países, como Perú, Brasil, Guatemala y Ecuador, que han procedido firme y eficazmente contra la corrupción y el estado actual de cosas.
Sorprende de sobremanera esa nula o poca reacción puesto que ello alienta a que en el futuro ocurran hechos similares, con consecuencias nefastas para nuestro país. Los peligros son evidentes y más ahora cuando la satisfacción con la democracia está en un punto muy bajo -menos del 25%, según estudios de Confecámaras- y el apoyo a la misma ha disminuido sensiblemente.
En un rápido y no exhaustivo recuento, podemos citar varios de estos hechos:
- Una reelección presidencial obtenida valiéndose, al mejor estilo de Maquiavelo, de medios turbios y oscuros, consistentes, entre otros, en una financiación ilegal de la campaña, con aportes de compañías extranjeras, violación de topes y celebración de contratos para disponer de recursos para la misma y en un montaje urdido por la Fiscalía General de la Nación contra el otro candidato presidencial, montaje que, por sus hondas implicaciones penales, afectó sustancialmente la clara posibilidad que este último tenía de triunfar.
- La burla de la voluntad popular, expresada ésta última en el plebiscito, cuyo resultado fue un rechazo mayoritario al Acuerdo de Paz de la Habana, voluntad abierta y totalmente desconocida. Esa burla se produjo mediante la negociación del NO y en ella participó toda la clase política -congresistas y dirigentes de todos los partidos y movimientos políticos, aún de los que promovieron en el plebiscito el NO al Acuerdo de Paz- clase política que, en contravía del mandato constitucional y en claro fraude a los votantes, negociaron el resultado del mismo e introdujeron cambios al Acuerdo cuando éste había sido rechazado.
- Una refrendación constitucional del Acuerdo, hecha en contravía de decisiones de la misma corporación y haciendo caso omiso de aquello de que la soberanía, por mandato constitucional, reside en el pueblo.
- Un cartel de la toga descubierto ya hace algunos años y de cuya existencia sospechaban otros magistrados de la Corte Suprema de Justicia –estos sí, limpios e impolutos-, pero cuyo descubrimiento de poco ha servido en razón, principalmente, de la adopción tardía de decisiones y de la poca eficacia de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia, a la cual pertenecían varios de los implicados, y de la Comisión de Acusaciones del Congreso;
- Escándalos mayúsculos de corrupción, encabezados por el de Odebrecht, cuyas investigaciones -como siempre “exhaustivas”, al decir de las autoridades- no sólo no han producido resultados tangibles, sino que, por el contrario, parecerían destinadas a no producirlos, rodeadas, como han estado, de conflictos de interés, impedimentos tardíos, recolección lenta de pruebas, remoción de fiscal ad-hoc -justo en el momento en que empezó a volverse incómodo para muchos-, muertes y toda clase de dilaciones, además de principios de oportunidad convenientemente otorgados para que, a juicio de muchos, la olla podrida no llegare a destaparse en su totalidad.