Por Adriana Bernal - Kién es Kién
Diana Wiswell lleva años entrando y saliendo de otras vidas. Ha sido mujeres buenas, difíciles, heridas, divertidas, luminosas. Les ha prestado el cuerpo, la voz y las emociones. Algunas se han ido cuando termina la última escena; otras le han dejado algo. Quizás por eso, cuando habla de su oficio, no lo hace desde la fama ni desde el reconocimiento. Habla de entender al otro.
“Siempre habrá un nuevo ser humano por descubrir”, dice.
Y quizá esa frase sea también una manera de hablar de ella misma.
Diana nació en Cali y creció entre una familia numerosa, parques de barrio, fincas, animales y naturaleza. Recuerda especialmente una finca de su padre cerca de Buenaventura, donde no había electricidad y la vida estaba marcada por la luz del día, la noche y el silencio. Esa relación con lo sencillo nunca se fue.
Era una niña tímida, imaginativa y capaz de pasar mucho tiempo sola. Inventaba universos, pintaba, hablaba consigo misma. La soledad, que para muchos puede resultar incómoda, para ella terminó convirtiéndose en “una gran compañera”.
La adolescencia fue más difícil. Diana podía moverse entre distintos grupos, pero no terminaba de sentir que pertenecía a ninguno. Muchas veces encontraba refugio en la biblioteca. Paradójicamente, mientras buscaba su lugar en el mundo, comenzaba a aparecer el escenario.
Al principio le producía pánico. De niña llegó a escapar de algunas presentaciones y hasta se negó a hacer un comercial que había ganado. Años después decidió enfrentarse a ese miedo y entró a estudiar teatro. En una función en el Teatro Jorge Isaacs, en Cali, ocurrió algo definitivo: dijo una frase, el público se rio y sintió esa energía inexplicable que se produce cuando escenario y espectadores se conectan.
Entonces lo supo: quería hacer eso el resto de su vida.
Terminó el colegio y se fue a Bogotá. Estudió Comunicación Audiovisual en la Universidad Javeriana y, paralelamente, actuación en Casa Ensamble. Para ayudar a pagar sus estudios trabajó como mesera. Eran días de universidad, tesis, actuación y trabajo. Nada llegó de manera inmediata.
Su primera oportunidad importante en televisión apareció alrededor de 2010, en la producción sobre Joe Arroyo. Después vendrían otros personajes y una carrera en la que Diana fue descubriendo algo que todavía hoy la acompaña: actuar no consiste únicamente en aprender un libreto y convertirse en alguien más.
Para ella es un ejercicio de comprensión.
Interpretar incluso a alguien con quien no está de acuerdo la obliga a preguntarse por qué una persona siente, decide, ama, hiere o se equivoca de determinada manera. En esa búsqueda encontró una de las razones por las que sigue fascinada con su profesión: comprender la complejidad humana es una tarea que nunca termina.
Pero habitar otras vidas también tiene un costo.
Hay personajes que dejan el cuerpo agotado, triste o temblando aun después de que el director dice “corte”. Diana aprendió entonces un pequeño ritual para regresar a sí misma. Se habla: “Hola, soy Diana, acabo de salir de este personaje. Esto no te compete, esto ya no te pertenece”.
No siempre es tan sencillo.
Algunos personajes llegaron precisamente cuando su propia vida atravesaba momentos difíciles. Carolina, en Azúcar, apareció durante una etapa en la que Diana se sentía perdida y se preguntaba hacia dónde iba. Era un personaje desparpajado, caótico y divertido que la obligaba a reír cuando fuera del set no necesariamente tenía ganas de hacerlo. Diana terminó agradeciéndole haberla acompañado en ese momento.
Oriana, en Ana de nadie, le mostró otra cosa: la bondad. La describe como uno de los seres humanos más hermosos que ha interpretado y dice que tener una amiga como ella sería “una joya”.