Cuando llueve en Acaricuara no hay manera de ignorarlo, porque el agua no golpea el techo, lo atraviesa, se filtra por la madera debilitada, cae sobre las bancas, recorre las paredes y termina acumulándose en el piso mientras el sonido constante de las gotas llena el espacio que antes protegía del exterior, y en medio de todo eso el padre Joan David continúa celebrando, hablando en voz tranquila, como si la fe pudiera sostener lo que la estructura ya no logra contener.
Hace apenas cuatro meses fue ordenado sacerdote, después de un camino largo que lo llevó por años de formación, estudios en filosofía y teología, experiencias misioneras incluso fuera del país, aprendizajes que parecían prepararlo para muchas cosas, pero que difícilmente alcanzaban a anticipar lo que significaría llegar a un lugar como Acaricuara, en lo profundo del Vaupés, donde la selva no es paisaje sino condición de vida y donde cada día obliga a redefinir lo esencial.
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Allí no hay energía constante y la noche llega sin interruptores, el agua no se abre en una llave sino que se recoge cuando la lluvia lo permite, cocinar implica encender leña y esperar, y moverse no es un simple traslado sino un recorrido que puede implicar horas de río, caminatas largas o trayectos inciertos dependiendo de lo que haya disponible, de modo que la distancia no se mide en kilómetros sino en esfuerzo.
A ese lugar llegó acompañado por tres seminaristas africanos que también eligieron quedarse y aprender, y desde entonces la misión dejó de ser una idea abstracta para convertirse en una forma de vida en la que ser sacerdote es apenas una parte de todo lo que hay que hacer, porque en Acaricuara también hay que enseñar, acompañar, construir, resolver, adaptarse, asumir oficios que no estaban escritos pero que se vuelven inevitables cuando las necesidades superan cualquier estructura.
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En ese contexto, el templo se convierte en la imagen más visible de lo que ocurre alrededor, porque la humedad ha ido debilitando cada pieza, los comejenes han avanzado sin pausa y el techo, que alguna vez protegió, ahora deja pasar la lluvia como si fuera parte del paisaje, de manera que cada aguacero no solo moja el interior sino que confirma que el tiempo ha ido ganando terreno y que la estructura está cada vez más cerca de ceder.
El padre Joan David lo ha recorrido con cuidado, mostrando con su celular los daños, las grietas, la madera vencida, como si intentara que alguien más pudiera ver lo que él ve todos los días, y aun así lo describe sin dramatismo, diciendo que es un templo sencillo, parecido a un pesebre, donde también habita Dios, como si en esa sencillez encontrara una razón para permanecer incluso cuando todo alrededor sugiere fragilidad.