Dicen que un simple paseo es bueno para la salud, en especial en estos momentos. Que es bueno para despejar la mente. Tonterías.
A continuación, algo de lo que me he encontrado en los paseos que he dado por las tardes entre semana en este suburbio de Nueva Jersey, en una ruta que he tomado cientos de veces:
Letreros que advierten sobre no hacer pícnics en el parque. Aros retirados de los tableros de baloncesto. Un audio repetitivo en una estación de tren desierta que habla de “respetar el distanciamiento social”.
Un anuncio de “NO entrar” afuera de un restaurante. La marquesina de un cine que anuncia el título de la película que estamos viviendo: “Cerrado hasta nuevo aviso”.
Tendrá más funciones aquí en Maplewood, una ciudad de 25.000 habitantes ubicada aproximadamente a 25 kilómetros del centro de Manhattan que hasta ahora ha tenido 23 fallecimientos relacionados con el coronavirus.
Es probable que la misma película se esté proyectando en tu comunidad (o se estrene muy pronto) y, aunque comparta la trama a continuación, descuida, no revelaré el final:
Un país batalla para recuperar la estabilidad en medio de una prolongada incertidumbre… respecto a todo.
“Vivimos en una película de suspenso sin final”, comentó Deborah Carr, profesora de Sociología en la Universidad de Boston. “Y vemos incertidumbre por todos lados. No hay un mapa que señale los caminos del pasado. Nunca se había presentado un trastorno social de este nivel. Y no hay un punto final evidente”.
Ahora mismo, parece que el proyector se descompuso… se sobrecalentó. T
an solo piensa en una pequeña muestra de lo que no sabemos, incluso en una época en la que podemos saber casi todo con unos cuantos toques en un teléfono inteligente.
No conocemos el origen exacto del virus. No sabemos cuándo se desarrollará una vacuna o si en verdad se desarrollará alguna. No sabemos si somos susceptibles de volver a contagiarnos.
No sabemos cuándo volveremos a animar a un equipo de béisbol en un partido con entradas agotadas, a estar sentados codo a codo en la ópera, a entrar con la panza por delante a un bar atestado o a bailar al unísono en un concierto de rock.
Tal vez lo más desconcertante de todo es que no sabemos cuándo terminará esta situación.
Nadie ha dicho que nuestra nueva normalidad volverá a la antigua normalidad para el Día de los Caídos o el Día del Trabajo o la luna de cosecha, lo cual crea una dinámica abierta y angustiante que frustra una de las maneras más importantes que tenemos para enfrentar las situaciones difíciles.
“Los finales nos permiten pensar en la transición, pensar en la siguiente fase, en la siguiente era”, afirmó Calvin Morrill, profesor de Derecho y Sociología en la Universidad de California, en Berkeley.
La incapacidad de distinguir un final, dijo, merma nuestra idea de control… “nuestro sentido de intervención”.
Joshua Gordon, psiquiatra y director del Instituto Nacional de Salud Mental, aseguró que saber cuándo terminará un momento, incluso si esa información no es lo que se deseaba, ayuda a las personas a adaptarse.