Recientemente se conoció que Shakira vendió la totalidad de su catálogo al fondo de inversiones Hipgnosis Songs Fund por una cifra no publicada. Este fue el anuncio de la empresa, que también es dueña del catálogo de Blondie, Enrique Iglesias, 50 Cent, Neil Young, Journey, Skrillex, entre otros.
¿Qué significa esa compra? ¿El artista queda desahuciado? ¿Tendría más sentido que el artista no venda su música y la conserve hasta el final de sus días? Análisis de Kienyke.com.
Tome la plata y corra
El negocio es más simple de lo que parece. Imagine que usted es el propietario de una casa ubicada en un lindo sector de la ciudad en la que vive. En ella usted tiene un pequeño local y vive de forma cómoda. Sin embargo, por una obra que están haciendo justo en la calle del frente, las personas han dejado de pasar por su local porque no hay acceso.
Entonces, un banco se acerca con esta oferta: comprará la casa y le pagará por ella una suma equivalente al valor actual más una parte de lo que su negocio le daría durante el resto de la vida. El banco le da el dinero por su casa y usted lo invierte en lo que mejor le parezca, como negocios en otros lugares. También administrará su casa de ahora en adelante, de manera que, aunque legalmente ya no sea suya, no la van a demoler ni a rentar a alguien que a usted no le caiga bien.
¿Qué tiene que ver la casa del ejemplo con el negocio de la música y con la venta que Shakira acaba de hacer a Hipgnosis Song Fund? De acuerdo con Germán Darío Florez, abogado especialista en derechos de autor, los artistas en la industria de la música han tenido que calcular bien sus jugadas para no perder en un negocio que ha dado muchas vueltas en los últimos 20 años. “Vender la casa” constituye la jugada final, pero vale la pena contextualizar dónde está esa casa y qué pasó con ella.
Antes de la llegada de la internet, los artistas de la canción podían vivir de su creatividad lírica y la complejidad de sus grabaciones en estudio, que se vendían en formatos físicos y eran difíciles de copiar: “antes uno veía que las bandas, como vivían de la venta de CD, no participaban en tantos festivales o se dejaban engordar”, anota Florez.
Aunque eran grandes las tajadas que se quedaban las disqueras de lo que se vendía, la cantidad que les correspondía a los compositores e intérpretes les alcanzaba para cubrir las franjas inferiores de la pirámide de Maslow y dedicarse a crear. Ese era el panorama de la industria musical hacia el final del siglo XX.
Luego llegó internet y el formato .mp3. Las personas comenzaron a intercambiar archivos de música sin pagar por ella. Ahí entraron a interceder plataformas como la iTunes Store, que permitían la compra legal de música en formato digital. Después, el consumo de música volvió a cambiar: ahora, la internet de alta velocidad permite a las personas recibir la música en tiempo real, sin comprarla ni descargarla.
En esta revolución de dos décadas, salieron perdiendo los creativos de muchas disciplinas que dependían del pago por venta o reproducción: los ingresos bajaron pero los costos de producción no, y los posibles intermediarios en la operación retienen tajadas que no hacen justicia al esfuerzo del creador.
Según el abogado Florez, el consumo de música ahora tiene varios intermediarios. Por ejemplo, el modelo actual de las compañías prestadoras de servicios de internet es vender la conexión en términos de tiempo o datos usados. El consumidor paga varias sumas pequeñas al mes por el derecho a consumir contenidos, o una suma fuerte por la posibilidad de consumir todo el contenido que quiera.
Entretanto, los motores de búsqueda y las plataformas controlan el acceso a las canciones, pero las ganancias para los artistas son mínimas: por ejemplo, hacen falta 229 reproducciones en Spotify para ganar un dólar y 57.527 reproducciones para ganar el salario mínimo de Colombia.
Ante este panorama, el artista de la música se convirtió en un atleta, como lo define Florez: como ya no hay ganancias significativas por las creaciones, están forzados a vender la experiencia de sí mismos mediante conciertos y consumo de imagen. “Los conciertos y los festivales empezaron a crecer mucho a partir de internet. Si te das cuenta, antes no había tantas giras. Cuando llega internet, los chicos se dan cuenta de que tienen que estar siempre fit siempre muy activos y cantar”, anota Flórez.
Justo en ese momento de la historia en el que se había equilibrado el negocio, cayó la pandemia de covid-19 y el freno en seco para la industria del entretenimiento en vivo. Entonces, las ganancias por uso en publicidad y las reproducciones de los usuarios se volvieron las únicas fuentes de ingresos. Los derechos que el artista tiene por haber creado las canciones tienen un valor sentimental y moral, pero dejan de tener mucho valor financiero.
Aquí volveremos al tema de la casa. Usted tiene una hermosa casa que ya no le da ganancias, pero sus cuentas no dejan de crecer. Entonces, un banco le ofrece dinero por su casa y usted se marcha antes de que empiece a valer menos y se quede con nada. Aquí entra Hipgnosis Songs Fund: la empresa liderada por Merck Mercuriadis ofrece una generosa suma de dinero, que en el caso de Shakira no fue revelada, para que el fondo de inversión administre en adelante los derechos patrimoniales de un repertorio que ya sacó la tajada que podía de la vieja industria musical.
No es más abusivo que lo que ya hay: casos Rafael Escalona y Taylor Swift
Hipgnosis Songs Fund ha sido fuertemente criticada por tratar de crear un monopolio y aprovecharse de la necesidad de artistas que se ven a sí mismos en decadencia creativa y sin muchas salidas en un momento crítico, como definitivamente lo es una pandemia. Sin embargo, el abogado Florez anota que las personas que entran al negocio de Merck Mercuriadis como creadores tienen experiencia en el medio y pueden permitirse un acompañamiento legal que proteja sus intereses.
“Un ejemplo de lo que podría ser un gran negocio es el que está haciendo Shakira, porque finalmente ella tiene una visión empresarial muy importante. Más allá de su labor artística, ha adquirido unas habilidades para la negociación de los derechos y para vender su nombre como una marca como tal. Ha entendido bien el negocio. Yo creo que llegó a una decisión muy racional acerca de cómo hacer la negociación”, comenta Flórez.
Además, las casas disqueras no han sido precisamente las mejores defensoras del bienestar de los artistas y su patrimonio. Florez cita el ejemplo de Rafael Escalona como un caso de abuso ejercido desde una disquera y catalizado por un mal acompañamiento legal.