Las cifras de fallecidos que los noticieros y los gobiernos nos presentan a diario con la pandemia del coronavirus (y otras epidemias, como la violencia) no son números, son personas. Debemos recuperar sus historias.
El coronavirus está transformando nuestra vida y nuestra muerte a velocidad de contagio.
En Italia se cerraron los cementerios y se prohibieron los funerales. En Perú solo cinco personas tienen derecho a ir al entierro, dos, si es cremación. En Estados Unidos se inauguran servicios funerarios transmitidos en internet o grabados para cuando la familia pueda hacer el duelo. Las despedidas de enfermos graves a sus seres queridos son a través de videollamadas.
El nuevo orden mundial regido por el virus que se contagia con el contacto nos impone velorios remotos, breves, higiénicos, individualizados, sin abrazos, condolencias al oído ni lamento colectivo, sin lágrimas presenciales y sin difuntos como protagonistas.
Estos días en que la nueva pandemia va arrebatando vidas a escala de calamidad me identifico entre las personas contagiadas por la misma pesadilla: que una persona amada muera en soledad, sin una mano que la conforte, sin un rostro familiar cerca, sin escuchar un “te amo”.
Que su cadáver, arrebatado de singularidad y sin ritual de despedida, sea introducido a un crematorio o enterrado en una fosa, entre muchos otros, con una clave como identificación.
La otra dimensión de este mal sueño es muy real. Los cadáveres tirados en las calles de Guayaquil; la isla-fosa de Nueva York, donde se cavaron zanjas para hacer entierros masivos; la pista de patinaje convertida en morgue en Madrid y los camiones cargados de cadáveres que cruzan Italia moldean los nuevos imaginarios de la muerte.
Cuando la cercanía y el abrazo quedaron proscritos para mantenernos a salvo, ¿cómo se procesa la muerte si las reglas nos impiden despedirnos en vida y acompañar a la persona amada en un ritual post mórtem? ¿Por qué son tan importantes los rituales?
“Así como declaramos que los vivos están vivos con el bautizo, que los amantes están enamorados con las nupcias, los funerales son la forma en la que cerramos la brecha entre la muerte que sucede y la muerte que importa. Es la manera en la que les damos significado a nuestras pequeñas historias memorables”, escribe en El enterrador Thomas Lynch, quien además de poeta y ensayista tiene como oficio familiar el de agente funerario.
Si velar a los muertos es importante para tener una oportunidad de decir adiós —plantea Lynch en su libro—, el ataúd supone que el cuerpo le importa a alguien. Por eso nos duelen las cajas de cartón improvisadas como ataúdes en Ecuador, como nos duelen las bolsas negras de basura que contienen cadáveres desde antes de la COVID-19 en México, un país con una permanente crisis forense a causa de la epidemia de la violencia.
En México, la despersonalización de la muerte es nuestro estado natural desde que inició la “guerra contra las drogas”. La violencia desatada nos resulta demasiado familiar: se han instalado tráileres que sirven de morgues, hay hornos industriales donde se incinera personas no identificadas y miles de cadáveres han sido descubiertos en fosas comunes y clandestinas.