Regresando de un breve paseo por Cartagena, quiero hablar de algo que me pareció muy preocupante y es el aumento considerable de la venta de recuerdos o souvenirs de Pablo Escobar en algunos de los sitios más turísticos de la ciudad. Justamente, una de las zonas donde más se puede evidenciar eso es en las Bóvedas de Santa Clara, un lugar bastante frecuentado por turistas nacionales e internacionales.
Desde pocillos, camisetas, imanes de nevera, placas, llaveros y hasta copas de trago se pueden conseguir con algunas de las fotografías más famosas del capo de la droga. Una gran cantidad de merchandising que convierte una de los episodios más oscuros y duros de Colombia, en un lamentable recuerdo de nuestro país que luego será exhibido en otras latitudes o, en el peor de los casos, regalado a una tercera persona que a lo mejor solo conocerá esa cara de nuestro país.
Un hecho lamentable. Habiendo tantas cosas hermosas para regalar en un país que goza de abundante riqueza artesanal, la cual representa nuestros bellos paisajes y diversidad cultural, elegimos alimentar un mercado que surge y se mantiene gracias al morbo que producen las excentricidades de Pablo Escobar. Olvidando en el fondo, o por lo menos intentando olvidar, la barbarie de una guerra que desangró al país entre los 80s e inicios de los 90s.
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Un país que, bajo las balas del narcotráfico, vio morir a hombres como Luis Carlos Galán, al ex ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, al emblemático periodista Fidel Cano, a Diana Turbay y a los más de cuatro mil muertos que se calcula podrían haber sido causados por el capo, lo cual sigue siendo estimación de una realidad que podría ser mucho más grande. Bombas dirigidas a la población, sicarios en moto, planes pistola, magnicidios, atentados y la ley del terror, es para muchos el único legado de Escobar.
Sin embargo, es claro que en este fenómeno de la idolatría y de los recuerdos de Escobar entran a jugar un buen número de factores, más allá de la simple indolencia. Por un lado, la propia realidad histórica de nuestro país, que nos lleva a hablar sobre el apoyo del que llegó a gozar el capo en algunos sectores sociales gracias a aportes económicos con los que buscaba reforzar su relación con las bases populares. Un hecho que, para muchos, fue simplemente una forma de comprar su silencio.