Antes de comenzar a leer esta historia, haga un ejercicio de memoria. ¿Cuáles eran sus sueños cuando era niño? ¿Pudo cumplir alguno de ellos antes de terminar su infancia? ¿Cómo se sintió al alcanzar eso que era tan anhelado? Si alguno de ellos tuvo que esperar hasta que usted fuera un adulto, ¿está agradecido con la vida, que le dio el tiempo y la oportunidad?
A veces las personas dan muchas cosas por sentadas, como la salud y el tiempo. Librar una carrera contra esos dos aplastantes factores de la vida es una tarea desgastante para el corredor y su familia. Estar hospitalizado o convaleciente puede ser una experiencia monótona y dolorosa para un paciente. Sus acompañantes deben abandonar las dimensiones individuales de sus vidas, como su tiempo a solas y su vida laboral, para que su ser querido esté acompañado y atendido. Esta lucha por la vida, esta constante demostración de resiliencia ante la adversidad, tiene la triste capacidad de robarse la felicidad en el camino.
Hace casi tres años, la psicóloga Camila Morales se preguntó cómo devolver un poco de la felicidad que se escapa entre las manos de los pequeños pacientes con enfermedades de difícil tratamiento y de sus familias. Entonces, se le ocurrió la idea de dedicarse a cumplir los sueños de esos niños y regalarles un instante de absoluta felicidad. Así nació la fundación Abraza un sueño. Kienyke.com habló con ella.
El reconfortante olor a mar
Para hacer más amables los días de pacientes de cáncer en etapas terminales, los médicos recetan dosis de rescate de morfina, una droga derivada de la amapola que sirve para controlar el dolor. Si la persona empieza a sentir ansiedad o dolor, tendrá el rescate a su disposición para aliviarlo. Camila cuenta el caso de una niña que estaba en etapa de fin de vida y pidió conocer el mar. El oncólogo sugirió llevar dosis suficientes para que pudiera pedir esos rescates cada cinco horas. No hizo falta llevar tantas.
“Mientras estaba conociendo el mar con su mamá, la niña no necesitó ningún rescate de morfina. Era tanta su emoción, tanta su felicidad en verdad, de corazón, del alma, de todo, que no pedía morfina. A mí eso me impactó demasiado. Desde ahí entendí que en verdad los sueños de estos chiquitos tienen un gran impacto en su calidad de vida”, cuenta Camila.
Como el sueño infantil de conocer el mar es recurrente, la fundación comenzó a planear una ida al mar cada año. Naturalmente no se podrá en los meses siguientes, pero ella espera que sea posible pronto.
Otros sueños han incluido fiestas de quince años, localización de artistas que los pequeños pacientes quieren conocer, una ayuda para someterse a un tratamiento no disponible en el sitio de residencia, regresar al hogar después de mucho tiempo de estar lejos por el tratamiento, un celular que amenice los aburridos días de convalecencia o un par de patines.
La fundación elige un sueño cada mes y solicita las ayudas en dinero o especie que se necesiten para llevarlo a cabo.
El valor de un almuerzo para una madre
En Colombia, la comida mayor del día es el almuerzo. Es costumbre detener las actividades e ingerir el alimento con calma, amenizado con una amena charla entre colegas. No permitir que un empleado almuerce es visto como una práctica abusiva. Incluso, en algunos municipios del país tienen la costumbre de cerrar todo y tomar una siesta después de comer.
En ocasiones, las madres que están acompañando a sus hijos hospitalizados prefieren saltarse esta comida para ahorrar unos pesos que podrían necesitar después, o simplemente porque no los tienen. Sus bolsillos vacíos tienen una explicación: “no pueden trabajar en nada permanente porque tienen que estar el 100% del tiempo cuidando a sus hijos. No es porque no quieran, en verdad, sino porque no pueden: tienen que estar todo el tiempo yendo a los controles médicos, a la cita médica, a la quimioterapia, cirugía, UCI, hospital, de todo, y no puedo conseguir nada fijo”.
Camila sabe que los niños sí reciben almuerzo y meriendas durante su hospitalización, pero las madres no reciben nada. Los adolescentes, con más conciencia de los sentimientos de ellas, acuerdan dividir el almuerzo del hospital para que madre e hijo puedan comer algo. En ocasiones parece un buen trato: algunas terapias provocan náuseas o ardor y comer parece un suplicio; pero las porciones se sirven para que el paciente tenga la fuerza de seguir resistiendo.