La Pompeya colombiana, Armero, es un lugar que muchos prefieren olvidar, aunque, pese al silencio, sigue cargado de significado y de la urgencia de recordar que desastres como este no deberían repetirse. Porque sí, leíste bien: esta tragedia griega pudo haberse prevenido.
No hubo un 14 de noviembre de 1985 para Armero. Antes del amanecer, barro, piedras y fuego descendieron del Nevado del Ruiz y arrasaron lo que había sido la Ciudad Blanca. En cuestión de minutos, una ola de lodo y escombros convirtió el pueblo en una sombra de sí mismo. Más de 25.000 vidas se apagaron esa noche. Cuatro décadas después, Colombia sigue llorando una tragedia que se salió de las manos del Estado y de los organismos de socorro.
En menos de dos semanas, el país vivió dos de los episodios más oscuros de su historia. Siete días antes, estaba conmocionado por la toma y retoma del Palacio de Justicia, que dejó más de 100 muertos y un número incierto de desaparecidos que siguen siendo una herida abierta. Mientras los rescatistas trabajaban en Bogotá, la tierra volvió a estremecerse, esta vez en el corazón del Tolima. Era, en efecto, la crónica de una muerte anunciada.
Meses antes, el alcalde de Armero, Ramón Rodríguez, había advertido sobre el peligro. Una avalancha por el deshielo del Nevado del Ruiz era inminente, y el 28 de mayo de 1985 lo confirmó. Rodríguez insistió al Gobierno Central en la necesidad de evacuar, pero sus llamados no fueron atendidos. La última noticia que se tuvo de él llegó a través de su hermana, María Lorenza Escobar, quien recuerda una llamada a las diez de la noche previa al desastre: “Todo está bien, estamos evacuando al parque para comunicarnos con Guayabal”, le dijo. Sin embargo, no alcanzaron. No tuvieron tiempo.
El volcán llevaba enviando señales de alarma desde diciembre de 1984. En marzo de 1985, una comisión de Naciones Unidas recomendó medidas urgentes: instalar sismógrafos, vigilar la actividad y activar sistemas de alerta. Pero el gobierno del presidente Belisario Betancur no actuó como debía. Las advertencias fueron desestimadas por el entonces ministro de Minas, Iván Duque Escobar.
“Me dijo que era apocalíptico y dramático”, recordó años más tarde el exrepresentante Hernando Arango Montenegro, quien había propuesto incluso vender vehículos oficiales para financiar las alarmas. Su iniciativa fue tomada como una broma. Esa indecisión le costó la vida a un pueblo entero.
El apocalipsis de Armero
El Nevado del Ruiz rugió a las 11:30 de la noche del 13 de noviembre. La avalancha descendió con fuerza incontenible por el valle de Lagunillas. Armero quedó a oscuras y, en cuestión de segundos, fue sepultado bajo un mar de lodo. Los primeros reportes llegaron por radio. Un piloto que sobrevolaba la zona lanzó la frase que estremeció al país: “Se ha ido todo; Armero ha desaparecido”. Abajo solo había vacío, silencio y barro.