Mauricio Lizcano creció entre montañas cafeteras, discusiones familiares y una idea que, con el tiempo, terminó convirtiéndose en su sello político: la disciplina como forma de supervivencia.
Aunque nació en Medellín el 12 de agosto de 1976, su historia está profundamente ligada a Caldas, especialmente a Riosucio, tierra de su familia y escenario de buena parte de su infancia. Allí aprendió —según suele decir— el valor de la palabra y del trabajo constante. También allí comenzó a perfilarse como un líder precoz.
En el colegio San José de La Salle sobresalía tanto en las notas como en las actividades estudiantiles. En sexto grado, una encuesta interna de liderazgo dejó una anécdota que todavía recuerdan quienes lo conocieron entonces: obtuvo la máxima calificación en todas las áreas evaluadas. Más adelante sería presidente del consejo estudiantil, líder juvenil de Aiesec y fundador de un periódico universitario con un nombre que parecía resumir su carácter inquieto: La letra sin sangre entra.
Pero detrás de esa imagen de estudiante aplicado hubo también episodios difíciles. Lizcano terminó el colegio y esperó dos años para graduarse formalmente porque quería que su padre pudiera acompañarlo en la ceremonia. No ocurrió.
En el año 2000, su padre fue secuestrado por las FARC. Permaneció nueve años en cautiverio. Al mismo tiempo, uno de sus hermanos estuvo retenido por el EPL durante seis meses. Mauricio Lizcano tenía poco más de 20 años y, según ha contado, debió asumir responsabilidades familiares mientras enfrentaba una realidad marcada por la incertidumbre y el miedo.
“A pesar de la adversidad, mi padre escapó. Su resiliencia me enseñó a no rendirme”, ha dicho en varias ocasiones.
Ese episodio terminó moldeando buena parte de sus decisiones políticas y personales. Mientras avanzaba en sus estudios de Derecho en la Universidad del Rosario y luego se especializaba en gerencia y asuntos públicos en el Externado, comenzó a acercarse al servicio público con una idea clara: participar en la construcción de un país menos atravesado por la violencia.
Su carrera política arrancó temprano. A los 25 años fue elegido representante a la Cámara por Caldas. Después llegó al Senado y, en 2016, se convirtió en el presidente del Congreso más joven en la historia reciente del país. Permaneció doce años en el Legislativo, impulsando proyectos relacionados con transformación digital, educación, telecomunicaciones y derechos laborales.