Por supuesto, no se puede dudar de que Netanyahu y MBS se hayan ya reunido con anterioridad el domingo 22 de noviembre, pero en esta ocasión la parte israelí se ha cuidado muy bien de filtrar la cita, aunque haya sido de manera indirecta.
La presencia en la reunión del jefe de la diplomacia de Donald Trump sirve para firmar la joya diplomática de la Casa Blanca en estos últimos cuatro años en Oriente Medio y que tiene como punto culminante la firma de acuerdos de paz y reconocimiento mutuo entre varios países árabes e Israel.
El acercamiento entre Tel Aviv y Riad no es una novedad. A pesar de que la posición oficial de Arabia Saudí sigue insistiendo en que solo reconocerá a Israel si ese país llega a un acuerdo de paz con la Autoridad Palestina, el príncipe bin Salman ha apadrinado la normalización con Israel de países como Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, en el marco del Acuerdo Abraham inspirado por el yerno y los asesores de Trump, al que también se ha unido un país africano de mayoría musulmana, Sudán.
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Arrinconar la causa palestina
La causa palestina ha sido para los países árabes uno de los pilares de su política exterior, pero esa obligación ha ido perdiendo fuerza a partir del nuevo siglo. Arabia Saudí, soporte diplomático y patrocinador económico durante décadas de la dirigencia palestina ha dejado ver, a través de sus dirigentes y medios de prensa, una crítica a la posición de la Autoridad Palestina de Mahmud Abás.
El exjefe de la inteligencia saudí y antiguo embajador en Washington DC, el príncipe Bandar bin Sultan Saud fue el encargado de aplacar las críticas palestinas a los acuerdos de paz de las pequeñas petromonarquías con Israel, que los dirigentes de Ramallah y Gaza consideran una "traición y una puñalada en la espalda a la causa palestina". El príncipe Bandar insistió en los "históricos fracasos de la dirigencia palestina" y removió el puñal en la herida: "Si entre ellos mismos no son capaces de ponerse de acuerdo, cómo van a llegar a acuerdos con otros".
La reunión Netanyahu-bin Salman, celebrada en la localidad de Naom, a solo 70 kilómetros de Israel, supone también un desafío para la futura diplomacia del potencial presidente electo norteamericano, Joe Biden. El Partido Demócrata y su candidato mantuvieron posturas muy diferentes hacia la política pro Netanyahu de Trump, pero Biden y sus asesores ya dejaron claro que no piensan anular el traslado de la embajada de su país a Jerusalén, una de las medidas espectaculares tomadas por el presidente saliente. La decisión más sencilla para acercar posturas con la dirigencia palestina sería reabrir el grifo de las ayudas económicas que Trump secó. Pero en este punto, la nueva presidencia tampoco volvería al pasado sin exigir a los palestinos el cese de las recompensas económicas a las familias de los autores de ataques contra Israel.