Cuando la cifra diaria de muertos convirtió a Brasil en uno de los epicentros de la pandemia, Bolsonaro desestimó abiertamente a los fallecidos como algo inevitable y arremetió en contra del distanciamiento social.
Un juez le ordenó al presidente que utilizara un cubrebocas, una medida que Bolsonaro se mostró reacio a cumplir, alegando que su “formación atlética” le garantizaría una pronta recuperación.
Con la economía en picada, el presidente de extrema derecha empezó a librar batallas contra el Congreso, gobernadores poderosos e incluso algunos de sus ministros más populares.
Su actitud arrogante generó rumores de juicios políticos de destitución, un colapso institucional e incluso un futuro enjuiciamiento en La Haya.
Ahora que la cantidad de casos y la cifra de muertos son mucho menores en Brasil, en comparación con el punto máximo que alcanzó en julio, la popularidad de Bolsonaro está empezando a repuntar. Sin embargo, la mejora de la pandemia se debió en gran parte a que los brasileños no siguieron su ejemplo.
La posición fortalecida de Bolsonaro entre el electorado contrasta con la de otros líderes en la región que acataron el consenso científico sobre las cuarentenas, el distanciamiento social y los cubrebocas, y han visto un declive en su popularidad.
Bolsonaro, sintiéndose envalentonado, criticó a la prensa la semana pasada por seguir centrándose en la pandemia, que ha matado a más de 163.000 personas en Brasil.
“Lamento las muertes, pero ya hay que acabar con esto”, dijo un exasperado Bolsonaro durante un evento en el palacio presidencial el 10 de noviembre. “Tenemos que dejar de ser un país de maricas”.
Lejos de enfrentar un juicio político, Bolsonaro —quien siempre ha sido una figura profundamente polémica en Brasil— tiene en la actualidad los índices de aprobación más altos desde que asumió la presidencia en enero de 2019. Si bien cerca de un tercio del electorado de Brasil se puso de su lado en mayo, esa cifra aumentó al 40 por ciento en septiembre.
En comparación, en la vecina Argentina, el presidente Alberto Fernández, quien impuso una de las cuarentenas más estrictas del mundo, vio caer su índice de aprobación del 57 en marzo al 37 por ciento el mes pasado. El presidente Sebastián Piñera de Chile e Iván Duque de Colombia también han tenido caídas en sus índices de aprobación tras pequeños impulsos de apoyo al principio de la pandemia.
La creciente fortuna política de Bolsonaro se produjo mientras los brasileños se adherían a los lineamientos del uso de cubrebocas y a las medidas de cuarentena —a pesar de la abierta hostilidad del mandatario hacia ellas— que redujeron la gravedad del virus. El clima más cálido, que permitió a las personas pasar menos tiempo en espacios cerrados, redujo aún más el contagio.
Los efectos de los cierres de negocios y las cuarentenas fueron amortiguados por un generoso programa de asistencia monetaria aprobado por el Congreso. Bolsonaro también se ha atribuido el mérito de ese resultado, a pesar de que en un principio estuvo a favor de que las donaciones fueran mucho menores.
Jairo Nicolau, un politólogo que publicó hace poco un libro sobre el giro político de Brasil hacia la derecha, afirmó que Bolsonaro parecía estar irremediablemente aislado cuando el virus comenzó a propagarse por el país en marzo.