Mientras Estados Unidos se ponía en cuarentena esta primavera en la peor pandemia que se ha visto en un siglo, al interior de la Casa Blanca del presidente Donald Trump las personas con frecuencia desafiaban las medidas.
El espacio reducido del Ala Oeste solía estar abarrotado y concurrido. Casi nadie usaba cubrebocas. A los pocos funcionarios que sí lo hacían, como Matthew Pottinger, asesor adjunto de seguridad nacional, sus colegas los ridiculizaban por alarmistas.
En ocasiones, el presidente Donald Trump les dijo a los miembros del personal que usaban cubrebocas en reuniones que se quitaran “esa cosa”, según relató un funcionario del gobierno. Todos sabían que el mandatario consideraba que las mascarillas eran un signo de debilidad y que su mensaje estaba claro, dijeron los funcionarios.
“Si caminabas por ahí con un cubrebocas, te miraban por encima del hombro”, comentó Olivia Troye, asesora principal del equipo especial para el coronavirus que renunció en agosto y ha declarado su apoyo al exvicepresidente Joe Biden.
En público, algunos de los objetivos de ataque predilectos del presidente eran los corresponsales de la Casa Blanca.
“¿Podrías quitártelo? Apenas puedo escucharte”, le dijo Trump a Jeff Mason de Reuters en mayo, luego se burló de él por querer ser “políticamente correcto” cuando se rehusó.
La semana pasada, la Casa Blanca tuvo que enfrentarse a la realidad tras un largo periodo de negación cuando Trump y la primera dama dieron positivo en la prueba del virus, junto con Hope Hicks, asesora principal de la Casa Blanca, y Bill Stepien, el gerente de campaña del mandatario, entre otros. Esta consecuencia pareció sorprendente pero también inevitable en un Ala Oeste que asumió que realizar pruebas diagnósticas rápidas a todos los que entraban cada mañana era un sustituto para otras medidas de seguridad, como el distanciamiento social y el uso de cubrebocas.
Sin embargo, exasesores afirmaron que este acontecimiento también fue el resultado de la imprudencia y la cultura vertical de miedo que Trump creó en la Casa Blanca y en todo su gobierno. Si querías que tu jefe estuviera contento, dijeron, debías dejar la mascarilla en casa.
Cuando la nación entró en confinamiento en marzo, Trump estuvo decidido a restarle importancia al virus. Afirmó que el país reanudaría todas sus actividades en Pascua, para el 12 de abril, presionó a los estados a fin de que levantaran las restricciones antes de tiempo e insistió en que las escuelas, las iglesias y los negocios regresaran a la normalidad, todo con la esperanza de rescatar su campaña electoral.