Pensamos que la COVID-19 mata principalmente a los ancianos en todo el mundo, pero en los países pobres es más catastrófico que eso.
Está matando a los niños a través de la desnutrición. Está provocando que más gente muera de tuberculosis, malaria y sida. Está forzando a las niñas a abandonar la escuela y a casarse. Está causando que las mujeres mueran durante el parto. Está haciendo retroceder los esfuerzos para erradicar la polio, combatir la malaria y reducir la mutilación genital femenina. Está provocando fallas en la distribución de la vitamina A, lo cual causará que más niños sufran ceguera y mueran.
El Fondo de Población de las Naciones Unidas advierte que la COVID-19 podría dar lugar a trece millones de matrimonios infantiles adicionales en todo el mundo y a que casi 47 millones de mujeres no puedan tener acceso a métodos anticonceptivos modernos.
En resumen, una pandemia de enfermedades, analfabetismo y extrema pobreza viene detrás de esta pandemia de coronavirus, y afectará más a los niños.
Es posible que el mayor impacto de la COVID-19 no sea para quienes contraen el virus de manera directa, sino para quienes se ven afectados por el colapso de las economías y los sistemas de salud y educación de los países en vías de desarrollo. Muchas escuelas y clínicas están cerradas, a veces no se dispone de medicamentos para el sida y otras enfermedades, y a menudo se suspenden las campañas contra el paludismo y la mutilación genital.
“El impacto indirecto de la COVID-19 en el Sur Global será incluso mayor que el impacto directo”, me dijo Muhammad Musa, director ejecutivo de BRAC International, una organización sin fines de lucro con sede en Bangladés. “El impacto directo, por trágico que sea, afecta solo a los infectados y a sus familias. El impacto indirecto tiene consecuencias económicas y sociales para un número mucho mayor de personas: pérdidas de empleos, familias hambrientas, aumento de la violencia doméstica, un mayor número de niños que abandonan la escuela y costos que afectarán a generaciones”.
En este sentido, muchos de los que mueren a causa de la COVID-19 nunca contraen la enfermedad en realidad. Las víctimas, en realidad, son los niños que mueren de sarampión porque no pudieron ser vacunados en una época de peste: hasta 80 millones de niños podrían no ser vacunados. O los que mueren de desnutrición porque sus padres perdieron sus trabajos como conductores de bicitaxis o sus madres no pudieron vender verduras en el mercado.
Como suele ocurrir durante las crisis económicas, la carga recae sobre todo en las niñas. Cada vez son más las que se casan aun siendo niñas para que la familia del nuevo marido las alimente, o son enviadas a la ciudad para trabajar como criadas a cambio de alimento e ingresos insignificantes, mientras se enfrentan al fin de su educación y a un riesgo considerable de sufrir abusos.
“El principal reto al que se enfrentan los estudiantes es el hambre”, dijo Angeline Murimirwa, directora ejecutiva para África de Camfed International, que apoya la educación de las niñas en países en vías de desarrollo. Más del 60 por ciento de las estudiantes de Camfed en Malaui informan que sufren de falta de alimentos.