El acceso a Wifi en cualquier momento y lugar desde los teléfonos móviles, contribuyó al uso masivo de las redes sociales gratuitas, junto con la posibilidad de tener Internet, video llamadas, mensajes de texto, juegos y una gran variedad de aplicaciones diseñadas para pantallas pequeñas.
Por ejemplo, una persona del común puede pasar grandes cantidades de tiempo en las redes sociales tales como Facebook, TikTok, Threads y Twitter (hoy X), verificando compulsivamente su perfil para ver el número de “me gusta” que recibió su último post; para otros con una inclinación narcisista, Instagram llega a ser el medio predilecto a la hora de mostrar a los demás sus diferentes “selfies”. La ansiedad social es el resultado del miedo a perderse de cualquier acontecimiento, noticia e información “esencial”.
La tecnología es objetiva: no es buena ni mala, depende del uso que cada quien le dé, es decir, se puede emplear como una eficaz herramienta para el beneficio moderado en la consecución de metas y objetivos aterrizados en la realidad, o por el contrario actuar como una “fe digital” casi ciega, paralela al fanatismo religioso.
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Vivimos en la cúspide de la era digital: nuevas y mejores formas de innovar (lo cual de alguna manera es cierto); “lo viejo” se vuelve obsoleto dentro de un año o dos, y “lo nuevo” siempre es mejor, pretendiendo hacer la vida más fácil, simple y, por lo tanto, más satisfactoria; pero no siempre es la realidad, dado que empieza a permear áreas como las relaciones afectivas, el empleo, la salud y la parte económica. Aquellos buenos tiempos de mirarse a los ojos, sentir el calor de un abrazo, preguntar y responder cara a cara, saborear y guardar la experiencia de la cercanía, están desapareciendo.
Sin duda alguna, las nuevas tecnologías hacen parte de la revolución industrial de este siglo, como un salto cuántico en el futuro. Disfruto de las innovaciones aplicativas para los dispositivos móviles que prometen una mejor calidad de vida, incluso yo mismo manejo algunos de estos en mi teléfono móvil. Una nueva aplicación es como una nueva relación: al principio es divertida y emocionantes, pero después, requiere cada día un poco más de tiempo, energía y compromiso para cuidarla y mantenerla.
En mi ejercicio como Coach de Vida y Gestor Emocional, he podido ayudar a mis asesorados a darse cuenta de la forma en que sus obsesiones y adicciones por las nuevas tecnologías han deteriorado rápidamente la calidad de vida de las personas, afectando la intimidad sexual, el desempeño laboral y el fomento de hábitos adictivos hasta acabar con las relaciones de pareja.
¿Nuestra felicidad está en la tecnología?
La felicidad del ser humano no está en la búsqueda del confort exterior, más bien podríamos plantear una nueva y mejor forma de estar en paz y ser felices. Buscar nuestra comodidad interior sin dejar que nos deslumbre los ofrecimientos de bienestar que la mayor parte de la publicidad ofrece es un camino sano, pues muchas veces creemos que la felicidad se compra o se adquiere en los supermercados y almacenes de marca. Nada más lejos de la realidad que está triste premisa.
Entonces al no lograr estos exagerados objetivos, caemos en la astuta trampa de la apariencia sobre todo en nuestra querida capital bogotana, en donde los centros comerciales son visitados por personas que se endeudan por divertirse y comprar durante seis horas, y después pagar durante seis meses ese “ratico” de desahogo personal, a través de sus tarjetas de crédito. Pero resulta mucho más importante el qué dirán y la ansiosa e inoperante necesidad de aprobación y aceptación social para destacarse, brillar y ser mejor que el vecino, los familiares y amigos. En estas circunstancias, se disimula la angustia y el vacío existencial de sobrevivir, “actuando” como si todos fueran felices y estuvieran en paz.
Fingir ser feliz
Fingir que se está bien, que no estoy solo, que puedo con mi carga, que las cosas se arreglan y solucionan sin mi esfuerzo, que mañana será otro día y que puedo vivir el “‘presente“ sin saber quién soy y qué es lo que en realidad necesito. Actuar como si nada hubiera sucedido, como si no tuviera miedo de mi lado oscuro, como si ya hubiese perdonado a quienes me hirieron, como si no me dejara ganar del desquite y la venganza, como si portándome bien pensara que no puedo portarme mal, como cuando digo ¡Sí! queriendo decir ¡No!