Durante el proceso de consolidación hacia la adultez, aprendemos a desarrollar máscaras sociales y emocionales con el fin de esconder profundos vacíos en el inconsciente como parte de una infancia disfuncional, la cual está enmarcada en la incapacidad de los padres o figuras de autoridad por suplir adecuadamente algunas de nuestras necesidades básicas y emocionales como, por ejemplo:
1. Estar seguro y acogido por el núcleo familiar.
2. Ser reconocido y tratado como un niño y no como un adulto.
3. Sentirse amado por quien realmente es.
4. Recibir un adecuado aprendizaje que le permita desenvolverse en el mundo.
La vida es un proceso natural de crecimiento, por lo que no es aconsejable saltarse o acelerar ninguna de sus etapas normales. Es importante tener en cuenta, que cada niño es un ser único que requiere y depende de la calidad de formación y amor provenientes de sus progenitores o de aquellos de quienes se hicieron cargo de la crianza.
De lo contrario, su energía vital que se alimenta y nutre del amor y el afecto, se vería truncada por el autosabotaje del adulto incompleto que al no tener una sana percepción de sí mismo, no podría en algunos casos, generar vínculos afectivos sanos con casi nadie. Por eso, aparecen conductas dramáticas cuyo fin es buscar la atención del entorno para ser reconocido por sus cualidades y afianzar la personalidad. Esta comprensión esencial, acarrea de forma silenciosa unas heridas profundas que marcan el camino del individuo.
Ahora bien, si la carencia de las necesidades no fueron suplidas desde la figura materna, a la persona le costará mucho amar, aceptarse a sí misma y a los demás, convirtiendo las relaciones en un conflicto al no saber gestionar sus emociones en la intimidad. Por el contrario, si la falencia proviene del padre, en la adultez a las personas se les dificulta alcanzar el éxito profesional, ya que, en el fondo no tienen confianza en sí mismos.
Sobreviviendo al dolor emocional
La experiencia de no encontrar resonancia y empatía con alguno de los padres, así como también separarse del “ser” para sumergirse en el “no ser” buscando ser aceptados y amados, hace que alguna de estas personas adopten personajes socialmente convenientes, con el propósito de sobrevivir a una realidad dolorosa.
En ocasiones, esta indiferencia del núcleo familiar provoca relaciones frías e impersonales que hieren y debilitan la noción del Yo, es decir, una sensación de vació existencial al sentirse atrapados, aislados, abandonados, indefensos y sin esperanza. Por esta razón, es común experimentar un vacío acompañado de vergüenza, culpa, pérdida, baja autoestima y falta de autenticidad.
¿Alguna vez ha sido ignorado por alguien a quien admiraba, apreciaba o amaba? ¿Ha transgredido sus límites personales por complacer a los demás? ¿Por miedo al rechazo se convierte en un esclavo emocional de su pareja? Con el fin de evadir estos y otros interrogantes (los cuales al ser confrontados podrían sanarnos), preferimos el errado camino de la negación de estas situaciones, activando diferentes mecanismos de defensa para convertirse en personas a las que “nada les afecta”.
Pero, en realidad, detrás de esa coraza se esconde un niño lastimado e incapaz de expresar sus sentimientos y necesidades interiores al no haber aprendido a sentirse valorado, reconocido y respetado como ser humano.
Los hechos que crean estas dolorosas experiencias pueden ser directos/abiertos o indirectos/encubiertos. Aquellas de tipo abierto incluyen violencia, traumas causados por abusos sexuales al igual que bullying social y abandono físico. Mientras que los de tipo encubierto son las batallas emocionales, los abusos psicológicos, los problemas de identidad, las compulsiones y las adicciones que permanecen latentes, pero sin ser reconocidas.
Por este motivo, las víctimas de estas disfunciones emocionales generan mecanismos de evasión frente a su desesperante dolor, el cual disimulan a través de la racionalización, la propensión al consumo de bebidas alcohólicas y sustancias psicoactivas, adicciones al trabajo, a la comida, al sexo y a las dependencias afectivas, entre otras.
Sin embargo, para sobrellevar estos desequilibrios, la persona inventa, construye y usa una infinidad de disfraces con el fin de sobrevivir a su propia cárcel emocional, aislándose de su mundo interior lo que aumenta el vacío y la angustia existencial. Estos “roles” y comportamientos que adquiere el individuo para resistir la carga pesada del dolor y la insatisfacción personal, no sólo lo afectan a él mismo sino también a todos los que lo rodean.
Síndrome del “poderoso” dominante
Generalmente la persona que adopta esta posición basa su éxito en un complejo de inferioridad, pues este constante malestar interior lo obliga a tener control y sentir poder sobre las circunstancias laborales, económicas y afectivas, es decir, ejerce una autoridad rígida, un dominio aplastante y una tendencia a utilizar a los demás para sus propios fines desde la imposición de unas reglas estrictas.