Desde hace más de tres meses, los colombianos nos hemos visto enfrentados a una situación de emergencia sanitaria jamás imaginada como consecuencia de la COVID – 19. La sociedad en la que antes vivíamos se está diluyendo y por fortuna, nos estamos dando cuenta de que muchas de las prioridades que creíamos eran elegidas por nosotros o impuestas por la “Matrix” del consumo, ahora están siendo cuestionadas y reevaluadas. Entre ellas el estatus social, el confort, los lujos, las altas metas económicas, el poder social y el espejismo de aliviar la insoportable ansiedad de la existencia diaria a través de las tarjetas de crédito, que de forma desbordada nos impulsaban a comprar para “sentirnos bien” con nosotros mismos.
Así resistimos a los duros efectos de este “shock” intentando construir otra “rápida” opción de sobrevivencia que nos convierte en consumidores de tendencias instantáneas hacia la autoayuda, el bienestar emocional y la espiritualidad. Sin embargo, continuamos cometiendo el antiguo error de seguir buscando afuera las soluciones a los problemas para evadir el proceso de conocernos a nosotros mismos, lo cual nos llevaría a entender esos impulsos inconscientes por entregar nuestro tiempo, felicidad, afecto y calidad de vida a los innumerables y casi siempre inútiles distractores del mundo.
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En realidad, ninguna solución por mágica que parezca nos podría ayudar en este difícil momento, en donde necesitamos crecer hacia una madurez emocional y espiritual que nos permita darle prioridad al valor y al respeto por la vida para aumentar nuestra capacidad de apoyo, solidaridad y servicio a los demás. Actualmente, en la “nueva normalidad”, debemos adaptarnos a trabajar y producir recursos económicos de una manera diferente, ahorrando y planificando con mucho cuidado cualquier gasto innecesario. Para lograrlo, es preciso reinventarnos hacia una cotidianidad más sencilla y menos compleja, pues el tiempo que conocíamos y que de alguna manera nos mantenía esclavizados en un reino de producción y consumo, se “detuvo” de forma misteriosa con el fin de evitar una tragedia peor de la que estamos viviendo y así poder despertar nuestra conciencia hacia otro entorno mucho más beneficioso.
Este brusco, pero necesario cambio de hábitos nos está ayudando a mejorar la calidad de vida al ejercitar los valores de la paciencia, la compasión y la tolerancia con el propósito de convivir con nuestra pareja, hijos y familiares durante 24 horas, buscando formas creativas para pasar las horas leyendo, escuchando música, escribiendo, cocinando y adquiriendo nuevas habilidades a través de cursos y tutoriales virtuales.
Otro reto para nuestra mente perfeccionista es el de vivir en la incertidumbre de no saber cuándo pasará esta pandemia, debido a que nos genera mucha ansiedad y angustia, al ver y escuchar tantas noticias desesperanzadoras del número de infectados y fallecidos en nuestro país y en el mundo. Ante este panorama de gran frustración, uno de los caminos es reconocer que debemos aprender a responsabilizarnos principalmente de nuestra salud física y mental para convivir con las emociones que se pueden desbordar por momentos, pero también se pueden controlar al asumir sobriamente esta inesperada situación planetaria.
Lecciones interiores del coronavirus
El resultado de aceptar nuestra fragilidad humana al no poder controlar esta emergencia de salubridad que nos tiene sumidos en el miedo ante la posibilidad de experimentar la enfermedad, el dolor y la muerte, es el de iniciar desde la humildad nuestro viaje interior para renacer hacia una conciencia colectiva con el fin de debilitar el egoísmo social en que vivíamos y el cual distorsionaba el valor de la solidaridad humana.
Sin duda, como muchos colombianos me encuentro limitado en varios sentidos y me doy cuenta de que resignificar el amor por la vida es lo que me habilita el sano temor para evitar el contagio del coronavirus. Cosa que desafortunadamente no está sucediendo con muchas personas por demás inconscientes y altamente irresponsables, quienes no se toman en serio las medidas y los protocolos de bioseguridad, poniendo en peligro la vida de los demás. Recordemos que esta tragedia planetaria la estamos viviendo todos juntos por primera vez en la historia de la humanidad, y de nosotros depende que la existencia nos de una segunda oportunidad de redención.
Las metáforas que me enseñó la pandemia
Hace pocos días en una de nuestras conversaciones nocturnas con mi querido hijo Manuel José, quien es un buscador de la verdad a través de su propia experiencia emergiendo de ellas como un joven pensador que ha navegado en las profundas y a veces agitadas aguas de su mundo interior, me explicaba que el ego se puede convertir en un dogma espiritual, el cual nos desvía de nuestra búsqueda personal. Desde que el ser humano nace, agrega Manuel José, recibe enseñanzas de las figuras de autoridad en su núcleo familiar y social, lo cual, de alguna manera, puede limitarlo. Sin embargo, en el fondo su verdadero deseo es el de sentirse libre. Dentro de ese camino se deben atravesar y conocer sus impulsos más instintivos, así como también sus fortalezas más relevantes, con el propósito de llegar al encuentro con la espiritualidad.
Algunas veces al alcanzar ciertos niveles espirituales, este logro no perdura en el tiempo pues si la persona no consigue desaprender muchos de los dogmas, tabúes y hábitos, puede distorsionar la información y no seguir avanzando. Entre las trampas para no llegar al terreno espiritual, se encuentra la del ego y la soberbia que resucitan cuando menos lo esperamos. En síntesis, existe un ego enfermo y un ego sano, los cuales debemos conocer para comprender los alcances de nuestra luz y de nuestra sombra, con el fin de consolidarlas y dejar de estar divididos, aceptándonos tal y como somos.