Hoy quiero enfocarme en el tema de la codependencia afectiva, uno de los más terribles padecimientos que nos encadenan y confinan no solamente a oscuras cárceles emocionales, sino también causan dolencias, malestares físicos y hasta mortales enfermedades.
Este estado psicológico, se manifiesta especialmente en las relaciones interpersonales y familiares. Son vínculos adictivos, pues se repite una y otra vez el mismo patrón, especialmente en las relaciones de pareja que al principio comienzan cargadas de “ilusiones y amor idealizado” y poco a poco, se van transformando en destructivas, inestables, agresivas, vengativas y marcadas por un fuerte desequilibrio en la interacción funcional donde el codependiente (sin rehabilitación ni programa de Doce Pasos), se somete a la voluntad insensata del adicto.
Como sus expectativas son exageradas, el codependiente nunca estará conforme con su pareja y pretenderá cambiarla “a cualquier costo”, pero al no conseguir su objetivo, ya que, “nadie puede cambiar a nadie”, el dependiente afectivo (quien desde su fondo inconsciente carece de autoestima), terminará por detestarse a sí mismo proyectando ese insano sentimiento al adicto, quien fue elegido previamente para ser culpado “de todos sus problemas”.
Esta extraña dinámica entre adicto y codependiente, es una forma de ocultar los dolores emocionales, causados por las heridas de infancia que dejaron en la vida de ambos grandes vacíos existenciales. Es por esta razón, que este tipo de parejas poco saludables y altamente tóxicas sin rehabilitación, repito, jamás serán funcionales.
¿Soy un codependiente afectivo?
Estas son algunas características de las personas codependientes: un sentido exagerado de responsabilidad por las acciones de los demás, al igual que una tendencia a confundir el amor y la compasión con la idea de “amar” a las personas que pueden rescatar, haciendo más de lo que les corresponde todo el tiempo y aferrándose a una relación para evitar la sensación de abandono.
Asimismo, experimentan una necesidad extrema de aprobación, reconocimiento y control sobre el otro, acompañado de una falta de confianza que les dificulta identificar sus propios sentimientos. De igual manera, suelen ser rígidos a la hora de adaptarse al cambio, lo que conlleva a experimentar serios problemas de intimidad, enojo crónico, reactividad, mentiras, comunicaciones deficientes, dificultad para tomar decisiones y aprender a decir que no.
En el fondo, la obsesión y el control del codependiente, le da una ilusión de poder sobre la vida y sus acontecimientos, inclusive “normalizando” la patología de vivir en un constante drama, donde la angustia y la ansiedad se perciben como un triunfo de su propio ego enfermo.
1. Primera fase: aparentemente no hay síntomas notables y el entrometerse en la vida de los demás es visto como un rasgo maravilloso de solidaridad y compasión.
2. Fase intermedia: los comportamientos codependientes empiezan aparecer, pues cada vez es más recurrente el uso de la manipulación y la mentira para controlar a las personas a su alrededor, sintiendo un alivio disfrazado de angustia debido a hipersensibilidad.
3. Fase Tardía: Exageración, rabia y obsesión constantes, convirtiendo la vida en blanco o en negro. Aparecen las amenazas y la exageración de las emociones, llegando incluso a poner en riesgo la vida propia y la del ser amado. Se asume el rol permanente de “cuidador” e intenta controlar el amor, la atención, la aprobación o el sexo de otros con enojo, culpa, violencia, crítica, irritación, rectitud, necesidad, contacto invasivo, conversaciones incesantes y drama emocional.