El valor de la vida es la esencia fundamental para el desarrollo de la civilización a nivel económico, político, social y cultural. De ahí que la mayor obligación del Estado es garantizar la protección y la defensa de la existencia misma. Actualmente, se están perdiendo muchas vidas humanas a causa del sorpresivo ataque del COVID – 19 a nuestra salud integral. Esta crítica situación mundial, al parecer no fue prevista por ningún gobernante ni tampoco por los científicos y expertos en geopolítica, estrategas, líderes religiosos, psíquicos o videntes.
La difícil ecuación por resolver en Colombia es que sin salud no puede haber desarrollo económico, y si colapsa la economía nacional, tampoco habrá recursos para sostener la salud. Es por eso, que, a partir de este 11 de mayo empezarán a regir nuevas medidas otorgadas por el presidente Iván Duque y dadas a conocer a la ciudadanía por la alcaldesa de Bogotá, Claudia López.
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La luz al final del túnel sería entonces la convergencia entre la protección que otorgue el Estado a los trabajadores y la responsabilidad por parte de los mismos, para incrementar el autocuidado y obedecer de forma determinante el cumplimiento de los protocolos de bioseguridad. Despertar esta nueva conciencia ciudadana es una tarea conjunta, en la que mi propio descuido pone en peligro la salud de todas las personas pues se exponen a un contagio masivo.
Además, actualmente nos encontramos en “modo supervivencia” por los efectos biopsicosociales de la pandemia. La esperanza, insisto, está sustentada en el compromiso de todos para evitar la propagación y el desborde de este agresivo coronavirus que continúa sumiéndonos en el caos, la confusión y el dolor de afrontar la pérdida de muchas personas y seres queridos.
La fuerza de la supervivencia
La palabra supervivencia proviene del latín “supervivens” que significa “el que sobrevive”, como la acción y efecto de sobrevivir. Se refiere a aquellas personas que logran mantener la vida en situaciones extremas, las cuales podrían causar la muerte debido a accidentes, fenómenos naturales, guerras, quiebras económicas y la actual emergencia pandémica, que sigue encadenando al mundo en la incertidumbre y frustrando la posibilidad de un futuro que contenga elementos afectivos, familiares y sociales a corto, mediano y largo plazo.
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Con el fin de sobrevivir como especie, la situación actual nos está exigiendo mucha flexibilidad para adaptarnos a las nuevas condiciones de vida, en donde la premisa sería vivir un día a la vez, pero de forma sobria y consciente, gestionando las emociones y pensamientos. Acostumbrándonos a la observación interior, para mantener la calma y la serenidad a través de un “reseteo” mental que nos ayude a lograr una mejor versión de nosotros mismos, en la que la auténtica felicidad se transforme en un nuevo valor, diferente al que reinaba anteriormente basado en el consumo, el materialismo y la superficialidad.
La felicidad no es un espejismo
Encontrar el sentido de la vida es el camino que nos lleva hacia la felicidad. Según el filósofo griego Aristóteles, esto consiste en el esfuerzo del hombre para alcanzar el “bien supremo”, el cual se logra al abrir la ventana interior del ser.
Asimismo, en el Oráculo de Delfos está inscrito: “Conócete a ti mismo”, aforismo reinterpretado por el sabio griego Heráclito Quilón de Esparta que afirmaba: “Te advierto, quien quiera que fueres, ¡Oh! Tú que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo, aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el tesoro de los tesoros. ¡Oh! Hombre, conócete a ti mismo y conocerás al universo y a los dioses.”
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La mezcla de la hedonía (placer) y la eudaimonia (una vida vivida), fueron algunos elementos de la cultura griega para intentar explicar la felicidad, cuya síntesis sería: “cuidar de sí mismo y ampliar la conciencia entendiendo lo que significa obrar bien para vivir bien”.
En la obra cumbre de Aristóteles dedicada a su hijo, “Ética de Nicómaco”, quiso profundizar sobre la relación entre el carácter y la inteligencia como cimientos de la felicidad, en donde posteriormente se estructuraría la ética occidental con principios tan claros como: “la felicidad depende de nosotros mismos” y “es fácil realizar una buena acción, pero no es tan fácil adquirir el hábito establecido de llevar a cabo ese tipo de acciones”.
En mi concepto, la más funcional de sus frases para ayudarnos a enfocar nuestra mente y superar cualquier situación de crisis es: “en primer lugar, tener un ideal definido, claro y práctico; una meta, un objetivo. En segundo lugar, acopiar los medios necesarios para alcanzar los fines: sabiduría, dinero, materiales y métodos. En tercer lugar, ajustar todos los medios a ese exclusivo fin”.
Sin embargo, si definimos la felicidad por el éxito de las metas y objetivos de la sociedad de consumo, veremos que no existen personas realmente felices, pues la gran enfermedad es la desenfrenada codicia por la productividad para adquirir poder económico. Esto descompensa el desarrollo espiritual, reemplazando nuestra esencia compasiva, amorosa y serena, por el materialismo, la ambición y las conductas egoístas y violentas que son productoras de infelicidad.
El mayor enemigo de la felicidad es la alienación y la despersonalización, pues el ser humano diluye su identidad transformándola en una “identidad virtual”. De este modo, las personas permanecen hipnotizadas por los efectos de la publicidad orientada globalmente hacia la antropofagia social, es decir, un implacable lavado cerebral enfocado en la producción de dinero y bienes materiales a través del comercio, siguiendo ideas, patrones y conductas deshumanizadas que no son propias sino impuestas.
La consecuencia de no realizar la naturaleza individual y sobrevivir con el disfraz de una segunda naturaleza materialista, son las causas de la agonía, el vacío y la soledad de la infelicidad en nuestra época moderna.
Erich Fromm (1900 - 1980), el reconocido psicoanalista, psicólogo social y filósofo humanista, en su obra “El arte de amar”, nos sacude el alma cuando afirma:
“El hombre moderno está enajenado de sí mismo, de sus semejantes y de su naturaleza. Se ha transformado en un artículo, experimenta sus fuerzas vitales como una inversión que debe producirle el máximo de beneficios posibles en las condiciones imperantes en el mercado.
La felicidad del hombre moderno consiste en “divertirse”. Divertirse significa la satisfacción de consumir y asimilar artículos, espectáculos, comida, bebidas, cigarrillos, gente, conferencias, libros, películas; todo se consume, se traga.
El mundo es un enorme objeto de nuestro apetito, una gran manzana, una gran botella, un enorme pecho; todos succionamos, los eternamente expectantes, los esperanzados – y los eternamente desilusionados –. Nuestro carácter está equipado para intercambiar y recibir, para traficar y consumir; todo, tanto los objetos materiales como los espirituales, se convierten en objeto de intercambio y de consumo”.
Es difícil sentirse feliz cuando en realidad vivimos engañados, y además, se nos exige una lucha diaria desde el egoísmo, la indiferencia, la competitividad y la huida constante de nosotros mismos, por medio de las adicciones a la tecnología, al alcohol, las drogas, el trabajo, el sexo y las relaciones dependientes, así como también, en fanatismos religiosos, superchería y esoterismo, entre otros, que al ser extremistas nos enferman y distorsionan nuestra necesidad vital de encontrar un sentido espiritual en lo que hacemos.