Algunas veces podemos dejar ir un instante en nuestra vida.
Reorganizamos lo que nos atosigaba u obsesionaba de una situación particular, y la dejamos ir. La dejamos caer. O bien nos topamos con una persona que tiene un problema, y de forma instintiva adoptamos la postura de brazos caídos, dándonos cuenta de que no es nuestra responsabilidad cuidar de los demás. Decidimos lo que necesitamos decir, y de forma casi automática dejamos ir el asunto y nos centramos en nuestra propia protección.
Otra vez nos resulta tan fácil. Nos vemos enzarzados en una situación de la que parece muy difícil salir. Nos vemos involucrados en un problema, o con una persona, que parece impulsarnos a que nos aferremos todavía más fuertemente, cuando la clave sería el dejar ir.
Sabemos que no “deberíamos” estar obsesionados, pero no nos parece posible poner punto final a la situación.
Cierto día, hace muchos años, en Stillwater, Minnesota, mi hijo se colgaba con fuerza de mí. No quería dejarme ir.
Empecé a molestarme, perdí mi entereza.
--Shane-- le reprochó Nichole,-- ha llegado el momento de irse.
A veces, el dejar ir sucede de forma progresiva. A veces nos pide volvernos más conscientes. A veces nos exige el profundizar en los sentimientos que se esconden en nuestra conducta. Aprender a dejar ir puede conllevar el que se gane mayor confianza y autoestima. Otras veces significa, simplemente, practicar el agradecimiento por la forma en que están las cosas.
Sea amable con usted y con los demás, a medida que aprende a practicar el lenguaje del dejar ir. A veces, y sin que importe lo mucho que podemos saber, el dejar ir lleva tiempo.
Dios, ayúdame a recordar que el dejar ir es una forma poderosa de conducta; una forma que pueda cambiar mi vida e impactar en la vida de los demás. Ayúdame a que sea paciente con los demás y conmigo mismo, a medida que el dejar ir se vaya convirtiendo en una forma de vida.