Para todo nosotros, el fin de año es una fecha significativa, pues representa la oportunidad de volver a empezar un nuevo camino. Es una manera de corregir aquellas acciones que afectaron nuestro bienestar integral, especialmente en este extraño e inimaginable año 2020, en donde hemos estado expuestos a un agresivo y mortal virus llamado por los científicos, COVID – 19.
Semana tras semana y mes tras mes, hemos recibido una carga exagerada de información a través de los medios de comunicación y las redes sociales, con el agravante de la desmedida circulación de fake news que terminan de confundir a la opinión pública.
El confinamiento producto de esta pandemia, nos obligó a adaptarnos a nuevas formas de sentir y de pensar, revisar nuestros ingresos económicos y convertirnos en nativos digitales en muy poco tiempo para sobrevivir mediante el teletrabajo y otras formas de emprendimiento de comercio electrónico.
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La tecnología se posicionó como una herramienta básica al momento de definir negociaciones, reuniones no presenciales y poder culminar los semestres académicos en universidades y colegios.
Asimismo, entendimos que la salud física, mental y emocional está por encima de cualquier otra cosa pues al abrir las ventas de nuestro interior, nos damos cuenta de que la necesidad de consumismo material por fortuna, pasa a un segundo plano.
Sin duda, fueron bastantes los aprendizajes en este complejo e inusitado año que termina. Por ejemplo, a vivir en el aquí y en el ahora de una forma más simple y a valorar los detalles amorosos de nuestros seres queridos.
De igual manera, muchos de nosotros incrementamos nuestro sentido de vida al despertar una conciencia plena para dejar de seguir obnubilados ante ideologías limitantes, políticas y religiosas.
Como sobrevivientes de esta emergencia sanitaria mundial, podemos desarrollar estrategias funcionales al momento de reflexionar sobre nosotros mismos, conocernos y fortalecer nuestra inteligencia emocional y desde una nueva y positiva actitud, hacer frente a los desafíos que nos ha traído esta pandemia.
Una buena opción, es seguir construyendo caminos de resiliencia y solidaridad en medio de un mundo afectado por el miedo, el dolor y la incertidumbre. Del valor que generemos para este “cambio”, depende ni más ni menos nuestra propia vida.
Reflexión antes que superstición
Madurar es crecer emocionalmente para luego crecer espiritualmente. Ahora bien, con el fin de que esto suceda, debemos tomarnos la vida en serio sin responsabilizar a los demás de las decisiones que elegimos y mucho menos, dejar en manos de nadie el control de nuestra vida.
A final de año, ingenuamente basamos nuestra seguridad en diversas supersticiones, agüeros y celebraciones mágicas, que se utilizan como resultado de una necesidad inconsciente de protección y control ante la incertidumbre del futuro.
Por eso, como mecanismo de defensa algunas personas depositan su dinero y confianza en gurús de moda, adivinos y pitonisas que aconsejan soluciones “mágicas” a sus consultantes.
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Cuando en realidad, buscan “anestesiar” el dolor de confrontar su propia conciencia que no los deja en paz y tampoco los libera de las pesadas cadenas de sus cárceles emocionales. El camino fácil, nunca termina bien.
La solución más sostenible y menos decepcionante a largo plazo, es iniciar un proceso de introspección a través de la disciplina mental y el entrenamiento de la voluntad para lograr una mejor calidad de vida.
Evaluar nuestros errores y malos hábitos desde una perspectiva adulta, pero considerada y compasiva con nosotros mismos, nos ayuda a identificar los patrones de comportamiento que sabotean sistemáticamente la consecución exitosa de las metas y objetivos trazados para nuestro bienestar.