El término "república bananera" fue acuñado por el escritor estadounidense William Sydney Porter, quien vivió varios años en Centroamérica, especialmente en Honduras. Sydney Porter utilizó por primera vez esta expresión a comienzos del pasado siglo en su libro Cabbages and Kings (Coles y reyes), donde describe un país ficticio llamado Anchuria influido por una compañía bananera norteamericana que apoya golpes de Estado para proteger sus intereses.
En manos de gobiernos débiles, instituciones corruptas y dependiente de un monocultivo la república bananera imaginada por Sydney Porter ha ido evolucionando en la forma y en el fondo pero conservando la esencia del platanal que fue su punto de partida. Es más, alejado ahora de la dependencia norteamericana y en manos de sedicentes revolucionarios, el país bananero ha depurado su naturaleza mediante el discurso enloquecido del líder, con el concurso inestimable de esas jaulas de grillos que son la redes sociales y la fidelidad ciega de unos seguidores embrutecidos dispuestos a defender lo indefendible a cualquier coste.
El fetichismo por objetos simbólicos, ya se trate de una sotana, un sombrero, un machete o una espada de iconos del pasado, es fundamental a la hora de fijar imágenes que sustenten la gloriosa historia del platanal. Recuerdo ahora un museo de la revolución en Guanabacoa, antiguo desembarcadero de esclavos este de La Habana, que acumulaba una pequeña colección de prendas personales como camisas manchadas de sangre reseca o viejos pantalones y botas de combatientes de la revolución, al lado mismo de ornamentos de santería como bastones de babalao, collares de cuentas y caracoles, en un curioso sincretismo religioso-revolucionario del que ya he tratado alguna vez en esta columna.
Porque el elemento mágico-religioso también resulta imprescindible a la hora de cautivar al personal y potencial votante (en Cuba, país aludido más arriba, también se vota, por increíble que parezca; y no veo, por otra parte, argumentos que me impidan incluirlo en la geografía de las banana republics). Y así, desde el prudente agnosticismo al más militante ateísmo el líder bananero se siente en la necesidad hacer referencia a su proximidad a guías espirituales o creencias religiosas, en el convencimiento de que aquello lo acerca a la masa. “Se me fue un gran amigo, me siento algo solo”, se lamentó Gustavo Petro al conocer la muerte del papa Francisco; al tiempo que en La Habana Raúl Castro aseguró llevar a Francisco en el corazón. El que menos corre, vuela.