En su encuentro con el sacerdote Francisco De Roux vimos al presidente Uribe que todos conocemos: franco, directo, hilvanado, con cifras precisas, claridad meridiana y verdades irrefutables.
A pesar de los válidos reparos que él y millones de colombianos tenemos frente a las entidades creadas con ocasión de la aplicación del acuerdo entre Santos y las Farc, no dudó en recibir a quien preside la Comisión de la Verdad con el propósito de exponer sus puntos de vista respecto de un amplísimo número de temas que son fundamentales para comprender la dinámica de la violencia terrorista que durante décadas ha azotado a nuestro país.
Como bien dijo el presidente Uribe, el análisis debe hacerse de manera integral, viendo la película completa y no deteniéndose frente a instantes determinados, pues aquello evidentemente desfigura la verdad.
Fue una importante oportunidad para exponer, una vez más, lo que significó la planeación y puesta en marcha de la exitosa Política de Seguridad Democrática la cual, no podemos perder de perspectiva, le devolvió la esperanza a Colombia.
En 2002, nuestro país estaba al borde del abismo. El terrorismo campeaba a lo largo y ancho de nuestra geografía nacional. Cientos de municipios no tenían presencia de la Fuerza Pública, sus alcaldes habían sido expulsados por los delincuentes, sus habitantes eran rehenes de los ilegales.
En la comunidad internacional, empezaba a plantearse que el nuestro era un Estado fallido. Propios y extraños aseguraban que estábamos en un punto de no retorno. La Seguridad Democrática fue la tabla de salvación. El precepto fundamental de aquella era la legitimidad de la Fuerza Pública. Contundencia contra el terrorismo, con respeto irrestricto por los Derechos Humanos.
Y en ese punto, el presidente fue claro al exponer ante el padre De Roux cómo, desde el primer momento de su gobierno, se ordenó que la Fuerza Pública, en su confrontación a la guerrilla y a los paramilitares, tenía el deber de privilegiar las desmovilizaciones. Si ellas no eran posibles, entonces era menester procurar la captura de los ilegales y, en última medida, las bajas en combate.
Contó cómo se implementó la decisión de que, después de cada combate entre la Fuerza Pública y los ilegales, los levantamientos de los cadáveres debían ser practicados por la Fiscalía, precisamente para despejar cualquier duda respecto de los hechos ocurridos.