La semana pasada la Corte Suprema de Justicia protegió lo que ellos llamaron el primero de los derechos: el derecho a exigir la recuperación de los demás derechos. Luego de las manifestaciones del 21 de noviembre de 2019, un grupo de organizaciones sociales y de derechos humanos interpusieron una demanda en donde le pidieron a la Corte que protegiera el derecho a la protesta de los manifestantes, pues argumentaban que diferentes entidades del nivel nacional adoptaron prácticas sistemáticas que limitaron su derecho a la protesta pacífica. Algunas de estas prácticas fueron “actuar arbitraria y violentamente con el fin de impedir el curso de las manifestaciones”, “proceder con desproporción en el uso de la fuerza con armas letales y químicas” o “efectuar ataques contra la libertad de expresión y de prensa”. Aunque estas conductas han sido analizadas por algunos expertos (véanse las columnas de Rodrigo Uprimny o de Esteban Hoyos al respecto), yo quisiera enfocarme en una de estas, pues creo que el contexto actual y nuestra historia política así nos lo exige: “la estigmatización frente a quienes, sin violencia, salieron a las calles a cuestionar, refutar y criticar las labores del gobierno”.
Cuando la Corte estudió si el Gobierno estigmatizó o no a los manifestantes del 21N, ésta encontró que en varias cuentas de redes sociales algunos ministros y el mismo Ejército Nacional, se basaron en “estereotipos y falacias” para deslegitimar las causas de la manifestación. Allí la Corte le recuerda al Gobierno que descalificar a los manifestantes no es más que criminalizar la protesta y violar la neutralidad que, como poder ejecutivo, deben guardar frente a estos hechos. Pero el magistrado que redactó la sentencia no se queda sólo en esto. Va más allá, y con lucidez y pertinencia le recuerda al Gobierno y al Ejército Nacional que, si queremos avanzar democráticamente como Nación, esta clase de estigmatizaciones son peligrosas e incluso contraproducentes, dada nuestra historia política. Cito a continuación lo que expresó el magistrado:
“Una Nación que busca recuperar y construir su identidad democrática no puede ubicar a la ciudadanía que protesta legítimamente en la dialéctica amigo – enemigo; izquierda y derecha, buenos y malos, amigos de la paz y enemigos de la paz, sino como la expresión política que procura abrir espacio para el diálogo, el consenso y la reconstrucción no violenta del Estado Constitucional de Derecho.”