Uno de los “logros” de Vladimir Putin con la invasión de Ucrania ha sido algo impensable hace apenas tres meses: que Suecia y Finlandia abandonasen su tradicional política de neutralidad y pidiesen la incorporación a la OTAN. Ya hablamos aquí hace algunas semanas, de lo que le costó a Finlandia la vecindad con Stalin al comienzo de la Segunda Guerra Mundial.
Y es que con los países pasa lo mismo que con las personas, no hay nada peor que un mal vecino; solo que los humanos tenemos la opción de mudarnos a otro barrio cuando el vecino se dedica a oír vallenato a todo taco; que por cierto, es lo que tengo que sufrir yo con los míos los fines de semana. Las naciones en cambio deben ponerle el pecho a la geografía y lidiar con lo que les tocó. Piensen ustedes si no en la pobre Colombia: a que les habría gustado en este momento mejor ser vecinos de Suiza. Claro.
También he contado aquí alguna vez hablando de Corea, lo que ha supuesto para los dos países que ocupan esa península —que en realidad son uno solo— estar encajonados entre Rusia, China y Japón. La cosa ha tenido que ser difícil. Detengámonos solo en un detalle aparentemente sin importancia: el vestido típico de las mujeres, el kimono japonés y el qipao chino, dos prendas que se ciñen al cuerpo de las señoras con tanta gracia y belleza. Qué diferentes del hanbok de las coreanas que se despliega a partir del busto como aquellas prendas que usaban antes las embarazadas. Ése precisamente es su origen; fruto de las constantes violaciones —al territorio y a las mujeres— por parte de sus vecinos, el hanbok nació para disimular el estado de buena esperanza en que dejaban los invasores a las coreanas.
Porfirio Díaz, que gobernó su país durante 35 años, dijo en cierta ocasión: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”. Es todo un clásico cuando se trata de hablar de la venganza de la geografía. La naturaleza humana —ese panteón del miedo, el interés personal y el honor del que habla Tucídides— contribuye a la existencia de un mundo en que los conflictos y las coacciones son constantes. Ahí tenemos a Putin para recordárnoslo mientras viva.
Algo conozco a los suecos; un poco menos a los finlandeses pero también he toreado en esa plaza. Y puedo decir, apreciando mucho valores como la honestidad y el rigor —para citar solo dos de los que hacen gala—, que suelen ser bastante ingenuos, algunos rayando en lo naif. Sí, ya lo sé, las generalizaciones son odiosas y todo lo que ustedes quieran; pero qué le vamos a hacer, no me dirán que la disciplina, respeto y paciencia de los japoneses es equiparable al desprecio por la vida que tienen los colombianos. Pues eso.