A meses de concluir su mandato, las dudas sobre el Gobierno de Gustavo Petro, que ya se plantearon durante la campaña presidencial, se siguen multiplicando. Un aire de incertidumbre y preocupación recorre el país: ¿Petro respetará el marco constitucional y la democracia que tanto defendió durante su campaña, o por el contrario, intentará pasar por encima de ella, cumpliendo así los temores de muchos sobre su potencial conversión en un dictador disfrazado de demócrata?
La situación se complica aún más con la reciente estrategia del Presidente de convocar a la población a movilizarse en las calles, presionar al Congreso y al poder judicial, y manipular la opinión pública bajo el argumento de que "la voz del pueblo" es la única válida para avanzar en su agenda, de la cual poco o nada se ha visto. El temor a que Petro utilice su mandato para consolidar un poder absoluto no es infundado.
Durante su tiempo en el poder, ha demostrado que, en lugar de buscar consensos democráticos, prefiere imponer su visión unívoca del país, desplazando la pluralidad política y los mecanismos institucionales que garantizan el equilibrio de poderes. En varias ocasiones, ha recurrido a movilizar a la población a través de manifestaciones, utilizando el argumento de que está luchando por los intereses del pueblo.
Sin embargo, esta estrategia se vuelve peligrosa cuando se presenta como la única forma legítima de expresión, mientras descalifica a aquellos que disienten de su visión como enemigos del bienestar común. Esta estrategia de polarización está empezando a erosionar los cimientos de la democracia. Por ejemplo, según Swissinfo, en septiembre de 2024 se hizo popular como el mandatario se refirió a las mujeres reporteras críticas de su gobierno como las “muñecas de la mafia”, en un país donde el periodismo es considerado una profesión de alto riesgo y fácilmente les puede costar la vida, y es que las cifras lo dicen todo, según el Centro de Memoria Histórica, en Colombia han sido asesinados 152 periodistas por hacer su trabajo desde 1977.
Del mismo modo, el presidente ha utilizado los mecanismos institucionales con fines claramente políticos. Por ejemplo, en el caso del Metro de Bogotá, Petro ha tratado de imponer el proyecto del metro elevado, a pesar de que las autoridades territoriales y los contratos ya establecidos favorecen otro modelo. Este tipo de injerencia en los asuntos territoriales es una clara violación de la autonomía local, y refleja una tendencia de este gobierno a manipular las instituciones a su conveniencia. Petro ha mostrado un desprecio por la separación de poderes, lo cual plantea serias dudas sobre su respeto por las reglas democráticas.
En este contexto, la creciente manipulación de la opinión pública por parte del “Gobierno del cambio” adquiere una relevancia alarmante. Al utilizar el llamado a las movilizaciones como una herramienta de presión hacia el Congreso y el poder judicial, Petro está deslegitimado las funciones de las instituciones que forman el andamiaje democrático del país. El ataque constante a la Corte Constitucional y al poder judicial, sumado a su intento de influir en el Congreso a través de la movilización popular, indica que el presidente está dispuesto a ir más allá de los límites de su mandato constitucional. En tal sentido ha sido enfático el presidente de la Corte, Jorge Enrique Ibáñez donde refiere la necesidad de defender la independencia y autonomía judicial. Este comportamiento refleja un autoritarismo latente que se disfraza de democracia, pero que, en realidad, está socavando el Estado Social de Derecho.
Sin duda, la falta de apoyo político a sus reformas, como la tributaria y la laboral, ha llevado al presidente a utilizar métodos coercitivos para imponer su agenda. A lo largo de su gobierno, ha condicionado recursos presupuestales, utilizando el poder del Ejecutivo para influir en decisiones que deben estar bajo el control de otras ramas del gobierno. Este tipo de acciones refuerza la percepción de que Petro busca cooptar el Estado, manipulando tanto las instituciones como el dinero público para imponer su voluntad. Es evidente que no está buscando consensos, sino imponiendo una visión personalista que favorece su proyecto político.
Además de su ataque al sistema judicial y a las entidades legislativas, el presidente ha recurrido a un discurso populista que divide drásticamente a la sociedad colombiana. Al utilizar la lucha de clases como una bandera, Petro ha logrado polarizar aún más al país, enfrentando a los ricos contra los pobres, a los trabajadores contra los empresarios. Según lo reportó Semana, el presidente se refirió a los congresistas como “pastores traicioneros y vendidos que escupieron sobre Jesús el carpintero”, luego los tildó de traicioneros y codiciosos. Este enfoque no solo carece de un verdadero análisis estructural de los problemas económicos del país, sino que también fomenta el enfrentamiento y la confrontación, debilitando el tejido social y aumentando la desconfianza entre los diferentes sectores de la sociedad, y todo esto, lo hace en medio de alborotos que lo embargan en momentos de lucidez en los que pareciera gobernar mediante trinos.