Imaginen que en diciembre de 2019 un país cualquiera tuviera un accidente nuclear: una prueba de misiles que salió mal.
Se produjo una pequeña explosión nuclear que envió una nube radiactiva por todo el mundo, la cual causó 2,66 millones de muertes, además de billones de dólares en gastos sanitarios y pérdidas comerciales que casi desencadenan una depresión mundial. ¿De qué creen que estaríamos hablando ahora?
Estaríamos debatiendo un nuevo régimen mundial de protocolos de seguridad de las armas nucleares para intentar que no vuelva a ocurrir.
Pues bien, acabamos de tener el equivalente en el mundo natural de un accidente nuclear de este tipo. Se sospecha que un agente patógeno en un murciélago pasó a otro animal y a un humano en China, para luego subirse al expreso de la globalización, con lo que ocasionó un sufrimiento extraordinario y billones de dólares en daños. Y esto ocurrió después de varias décadas de otras pandemias desencadenadas por interacciones humanas insalubres con la vida silvestre: con murciélagos o civetas en el caso del ébola y el SARS-CoV-1 y es muy probable que con chimpancés en el caso del VIH.
Como acabamos de cumplir un año desde que la Organización Mundial de la Salud declaró que el SARS-CoV-2 (el patógeno causante de la COVID-19) era una pandemia, es oportuno preguntarnos qué acción colectiva inteligente estamos llevando a cabo para evitar que esto vuelva a suceder.
La respuesta, por lo que puedo detectar, es nada, al menos nada significativo.
Y si hablan con veterinarios de la fauna silvestre y otros conservacionistas, les dirán que el salto de SARS-CoV-2 de un animal que vive en la naturaleza a los humanos no solo NO fue sorprendente, sino que un brote similar podría volver a ocurrir pronto. Así que no tiren los cubrebocas que les sobren.
Esa fue la conclusión que saqué de un seminario web mundial que moderé hace unas semanas, titulado “Emerging Disease, Wildlife Trade and Consumption: The Need for Robust Global Governance” y subtitulado “Exploring Ways to Prevent Future Pandemics”. Reunió a algunos de los mejores expertos en las interacciones entre los animales, la naturaleza y los seres humanos, y terminó con una inspiradora charla de la famosa primatóloga Jane Goodall.
Me gustó mucho cómo Steve Osofsky, veterinario de la Universidad de Cornell y uno de los organizadores, resumió la manera en la cual la salud de la fauna salvaje, la salud de los ecosistemas y nuestra propia salud están unidas de manera indisoluble.
Decir que la mayoría de los virus emergentes provienen de la fauna silvestre no es culpar a esas criaturas, explicó Osofsky. Se trata de señalar que a través de nuestros propios comportamientos “invitamos a estos virus a la sala de estar de la humanidad: nos comemos las partes del cuerpo de los animales salvajes; capturamos y mezclamos especies salvajes en los mercados para su venta y destruimos lo que queda de la naturaleza a un ritmo vertiginoso (pensemos en la deforestación), lo que aumenta en gran medida nuestras probabilidades de encontrarnos con nuevos patógenos”.
Lo que estos tres comportamientos tienen en común, añadió Osofsky, es una “causa subyacente en extremo simple: nuestra relación rota con la naturaleza silvestre, a menudo basada en la arrogancia de que de algún modo estamos separados del resto de la vida en la Tierra”.
Es muy sencillo: los bosques, los sistemas de agua dulce, los océanos, las praderas y la biodiversidad que contienen nos proporcionan, en esencia, el aire limpio, el agua limpia, los amortiguadores que estabilizan el clima y los alimentos sanos que necesitamos para crecer, así como la protección natural contra los virus.
Si protegemos esos sistemas naturales, ellos nos protegerán a nosotros. Esta verdad debe orientar todo lo que hagamos en el futuro para evitar otra pandemia de origen zoonótico. Eso significa que, con toda seguridad, hay que dar tres pasos ahora mismo: