Ante las críticas al Gobierno por lo que hace o deja de hacer frente al COVID-19, yo aplaudo su mesura y determinación en las decisiones; su llamado a la unión y la corresponsabilidad. La comunicación de Duque con sus gobernados ha sido permanente y cercana, y el ministro de Salud proyecta conocimiento, aplomo y serenidad.
Aplaudo sus decisiones económicas. Es responsable declarar la emergencia y utilizar los ahorros del petróleo, como lo será revisar la Regla Fiscal, un instrumento para contener gasto en épocas de normalidad, que debe replantearse cuando está de por medio el estancamiento fatal de la economía y la salud y la vida de los colombianos. Aplaudo también la orientación del gasto para fortalecer el sistema de salud y priorizar ayudas efectivas a los más vulnerables.
Sin embargo, esos esfuerzos no se ven siempre acompañados por la sociedad. Un conocido me contó su experiencia en un supermercado, en una larga fila para pagar, mientras, continuamente, se pedía por altavoz guardar dos metros de distancia, instrucción que nadie acataba y él terminó insultado por exigirla. Eso se llama indisciplina social suicida.
Un periodista le pregunta al presidente por qué tomó las primeras medidas 12 días después del primer infectado. El presidente explica el proceso de preparación y decisiones escalonadas, pero el periodista riposta con el tal choque entre el Gobierno y las regiones, sugiriendo confusión y falta de liderazgo. Las respuestas de Duque fueron claras, pero la pregunta no buscaba aclarar sino dañar. Eso se llama cizaña, cuando el país necesita unidad.