Cuantos deambulan por ahí, esperando que la selección Colombia pierda. La ven como foco de revanchas. Se resisten a aceptar que es un motivo, un símbolo, un relax cargado de emociones que tiene una profunda conexión con la gente.
Se exhiben con caras hipócritas y frases maquilladas, para promover el desánimo. No desaprovechan oportunidad para criticar el juego, un desfallecimiento, el resultado, o un error, al que siempre llaman calamitoso con decenas de culpables.
Cierto es que la selección no encandila porque la prioridad en crisis, es otra: el resultado.
El rendimiento en estos tiempos, está ligado a un libreto sin osadía, con mecha corta, sin espacio creativo para embellecer el juego, o lucimientos individuales extremos, de espaldas al estilo, pero con atrevimiento para remozar la nómina e iniciar el largo proceso de adaptación a un esquema que requiere tiempo.
Los retoques en el triunfo, siempre tan placenteros.
El último partido, no excluyó la influencia de David Ospina ni el infatigable sacrificio de Barrios; con un momento de calidad extrema, como aquella delicia con sincronía en los movimientos y magia en la ejecución, que antecedió al gol ante Ecuador, con Cuadrado, Borja y Cardona como protagonistas.