El presidente Biden acaba de darle una lección en diplomacia al presidente Duque. Al enviar a dos delegados de alto nivel a conversar con el presidente Maduro, le demostró que lo que debe primer en las relaciones exteriores de cada país es el interés nacional. Ese ABC de la política exterior fue reemplazado en la administración Duque por la estrategia del “cerco diplomático” contra el “gobierno ilegítimo de Maduro” con el que pretendió forzar la salida del presidente del país vecino con el que Colombia comparte 2.219 kilómetros continuos de frontera.
Duque no solamente rompió relaciones diplomáticas con la vecina Venezuela. También cerró las oficinas consulares. Los colombianos residentes allí se quedaron sin los servicios de expedición de pasaportes, cédulas de ciudadanía, documentos consulares para el comercio exterior y la protección debida a todo colombiano en el exterior. Al primar intereses ideológicos de partido sobre el interés nacional de Colombia quedaron a la deriva el comercio y el paso de personas forzadas a atravesar la frontera por trochas manejadas de ambos lados por grupos armados ilegales.
Después de semejante garrotazo a la mal aconsejada política presidencial respecto de Venezuela, Biden le ofreció a Duque la zanahoria de la designación de Colombia como “Aliado estratégico No-OTAN”. A fin de cuentas, la política seguida por el gobierno de Colombia se había desarrollado con el beneplácito del Departamento de Estado norteamericano que aupó a las autoridades colombianas al liderazgo del Grupo de Lima que llegó al extremo de aprobar en 2019 la activación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) que contempla “el empleo de la fuerza armada”, para una eventual intervención en Venezuela.