Lo que voy a contar aquí tendrá que probarse en sede judicial. Y es posible que cuando eso suceda, como suele ocurrir con el paso paquidérmico de la justicia, hayan pasado los años y resulten unos hechos diluidos en el tiempo, y ya sean otros los protagonistas de una actividad política siempre efervescente y en constante ebullición por causas que ahora no vienen a cuento.
Se trata del caso de Pedro Sánchez, un ex jugador de baloncesto que llegó al gobierno de su país, España; y de Isabel Díaz Ayuso, una ex influencer en redes sociales que llegó al gobierno de su región, Madrid. Por región me refiero al conjunto de municipios que rodean a la capital de España y allí llaman Comunidad Autónoma.
No es corriente que un león escoja a un gato —una gata en este caso— como rival de una contienda, pero cada uno es muy dueño de escoger con quien se pelea. Para gustos, los colores, dice el refrán popular y no tiene sentido discutirlo. Pero no deja de ser curioso que el presidente de una nación, en lugar de hacer de su némesis al jefe de la facción política que puede derrocarlo en las urnas, decida aplicar todas sus energías en atacar a quien, estando en el bando contrario, se encuentra en un rango inferior a su verdadero enemigo.
El hecho es que durante la pandemia de la covid, Sánchez decidió hacer público los negocios de un particular con los imprescindibles tapabocas de entonces. Poquita cosa para la que estaba cayendo por aquellos días, pero luego se supo que el particular era hermano de Ayuso. La Fiscalía, tanto la europea como la Anticorrupción española, archivó el caso de la comisión de 234.000 euros cobrados por el hermano intermediario. Y Ayuso, entonces, devolvió el golpe denunciando ante la justicia a un intermediario adjunto al hombre de máxima confianza de Sánchez, que había participado en una operación similar de intermediación y ganancia de comisiones.
Este caso, en cambio, subió como la espuma, escaló hasta convertirse en el mayor escándalo político que ha habido en España en muchos años, y sus frondosas ramificaciones han llevado desde la caída de José Luis Ábalos, poderoso ministro de Obras Públicas y Secretario de Organización del partido de Sánchez, el Partido Socialista, hasta la salida a la luz de “mordidas”, encuentros galantes, cobro de comisiones en efectivo en la sede socialista y relaciones todavía opacas y que demandan aclaración, con el régimen de Nicolás Maduro en Venezuela.
Por si esto fuera poco salen también a la luz los negocios de Begoña Gómez, la mujer de Sánchez, que resulta por ellos citada a declarar en sede judicial. Alguna mente brillante —quizá el propio Sánchez, eso nunca lo sabremos— decide atacar de nuevo a Ayuso, esta vez en la persona de su novio. Todo para camuflar con el interés de los medios por otro escándalo, la achantada presencia de la mujer de Sánchez en un juzgado. El palacio de la Moncloa, sede del Gobierno, enfila sus baterías contra un personaje hasta entonces desconocido en ese país, y de cuya existencia apenas se había hecho eco una revista del corazón, que pilló a la gatita de esta historia de vacaciones románticas en Ibiza con su enamorado.