Barranquilla goza. Es su costumbre: Ocho títulos en diez años, cinco con Julio Comesaña como técnico. Una especie de “renacido” que, cuando se le complica la vida, encuentra la solución adecuada, sin liberarse de sufrimientos.
A punto estuvo de ser borrado por caprichos oficiales en la pandemia, cuando cercaron a los abuelos, por peligro de extinción. Y, el martes, en el primer partido, tras su salida en falso con su equipo sin variantes, fue en extremo cuestionado.
Ganó Junior porque tuvo lo que le faltó al América: Convicciones, actitud y jerarquía que equivale a ganar desde la mente.
Futbol, en la final, para los historiadores. Sin registros técnicos. Con América a la deriva, desordenado, sin planes de juego ambiciosos, por la inexperiencia de su entrenador. Sin las figuras Rangel y Pisano, que le dieron brillo en la última conquista, despedidos por caprichos. Dependiente de Vergara que esta vez deambuló perdido, con la mente en otras partes, y Adrián Ramos, doctorado como el goleador invisible.