“Separa la razón del corazón”: Séneca.
Lo mejor del futbol, la habladera. Siempre lo he dicho. Lo mejor del gol, gritarlo, conversarlo, analizarlo.
La gambeta es una reina, el pase un masaje al corazón, el triunfo un desahogo, un título la máxima excitación. Un gol olímpico, un doble toque, una chilena y tantas jugadas más, son una oda a la libertad.
Una finta sucesiva, estática o en movimiento, un sprint en velocidad con el balón atado al pie, regando rivales entre esquives y malabarismos, es la alegría de sentir, de vivir, de disfrutar y de amar.
Un gol salvador en el último minuto o un penalti detenido en el suspiro final, un arrebato sublime para cambiar un resultado, una anhelada remontada o el inesperado milagro para un triunfo, es un atentado al corazón.
Y qué decir de los cantos encendidos desde las tribunas en furor, o de quienes lo relatan con pasión desbordada, contagiosa, que eterniza la proeza en la acción.
O de un zurdo exquisito, todos lo son, con sus toques magistrales que son las voces de los poetas del balón. Con arte para correr, pasar y definir.
¿Qué sería del futbol sin polémicas? ¿Sin derrotas? ¿sin buenos futbolistas? ¿Sin artistas desbocados, de vida nocturna sin control? ¿Sin escándalos? ¿Sin triunfos discutidos? ¿sin árbitros sospechosos? ¿O grandes conquistas con héroes consagrados?
Sin el escorpión, sin el gol de media cancha de Pelé, sin aquel tejido maravilloso de Maradona, en México 86, en el llamado mejor gol de un mundial; sin el toque sutil de Iniesta para ganar con España en 2010, o el zurdazo espontáneo y apoteósico de James Rodríguez en Brasil contra Uruguay.