El gol del empate ante Chile, sin lujos, hijo del azar y no del juego, que salió de la nada en el último suspiro.
El balón loco en el área por el mal manejo de rebotes, que regresó obediente al zapato de Falcao, cuando el partido agonizaba y los sueños se desvanecían.
El gol que llevó al pueblo de la indiferencia al delirio, con valoración extrema al punto conseguido. Un tiro de gracia redentor para reactivar el entusiasmo perdido.
Que reanimó la admiración a su autor, hasta ese momento en mínimos por el reduccionismo en el elogio de quienes hoy lo ven como un estorbo, en irracional e injusta subvaloración a sus facultades. Como si no hubiera en él una gran historia. Tantas tonterías se dijeron.
Falcao, siempre Falcao, el goleador de casta en la selección nacional, próximo al cierre de su histórico ciclo futbolístico, en el que por sus goles adquirió etiqueta de leyenda.