Sin conformismo. Los números no engañan. Era para ganarlo y no para empatar. Y no se logró el objetivo porque, de nuevo, el fútbol de Colombia fue intermitente.
Partido, intenso, rápido, con llegadas a la portería, pero sin goles suficientes para el triunfo.
Quiso, la selección, darle vida al balón, desnivelando con técnica, lo que logró en muchos pasajes del juego, pero, como es costumbre, se fue descosiendo a medida que el tiempo se consumía, asumiendo riesgos, con inocultables grietas.
Los pases dejaron de ser precisos, se redujo la frecuencia de toques, se perdió el control sobre el espacio, se dividió la pelota, con duelos constantes, los que, en ocasiones, parecían peleas callejeras, donde vale todo. El caso Barrios es una muestra, con perdón milagroso.
Pero estaba Cuadrado.
Fue el guía, dispuesto a demostrar que en el caso James Rodríguez, no hay tiempo de llorar. Es hora de frenar el lagrimeo por su ausencia. Dilema de por medio porque no se considera si recuperarlo cuando él quiera, o cuando la selección lo necesite.
Cuadrado fue Influyente, omnipresente, aunque desordenado; con visión periférica, provocador, con asistencias, fintas, desbordes y destreza en la ejecución del penalti. Pero, al final, la fatiga frenó sus impulsos.