Los hechos recientes en Estados Unidos deben ser la base de una reflexión sobre lo preciada y frágil que puede ser una democracia. Ningún Estado democrático puede sentirse exento. Tampoco Colombia.
En 1796, George Washington, general de la guerra de independencia norteamericana y primer presidente de la nación, estaba próximo a concluir satisfactoriamente su segundo mandato. Para la sorpresa de muchos, Washington no buscó un tercer término, sentando un precedente casi inquebrantable en los Estados Unidos, es una institución no escrita en ese país. En su discurso de despedida explicó que el respeto a la autoridad, y el seguimiento de las normas, son los deberes prescritos por los fundamentos de la libertad.
El discurso de Washington no es un documento muerto. Año tras año, en el aniversario de su cumpleaños, el Senado de los Estados Unidos lee sus palabras, tratando de recordarle a la ciudadanía -y a sí mismos- cuál es el verdadero sentido de la nación. A pesar de esto, el espíritu de sus palabras no estuvo presente el pasado seis de enero cuando el presidente Trump citó a una marcha para “Salvar a América” y presionó a su vicepresidente a oponerse a los resultados del colegio electoral durante la sesión de certificación en el congreso. Además, llamó a sus votantes a pelear con más fuerza que nunca, a acompañar a los senadores que objetarían los votos y a no conceder las elecciones. Una gran amenaza de alguien que no quiere retirarse del poder.
Pasó lo que nunca esperamos: protestantes entraron al capitolio de los Estados Unidos, el faro de la democracia occidental, buscando impedir una transición pacífica de poder y la certificación de unos resultados democráticos. El fenómeno que encontramos en Estados Unidos no es nuevo. Son los frutos que se recogen tras varios años de discursos autoritarios, señalamientos en contra del equilibrio de poderes y, sobre todo, el renacimiento de un discurso que ha incitado al odio y la intolerancia.
El modelo de Trump es fácilmente replicable en otros países y puede tomar múltiples formas. Comienza por la figura de un candidato fresco, sin aparentes vínculos con el statu quo político, frentero y que no tiene “pelos en la lengua” para oponerse al sistema, ¿se parece a alguien o a algunos en Colombia? Poco a poco ese candidato señala y atenta contra las mismas instituciones y plataformas que en algún momento lo eligieron. El discurso de la persecución y la victimización son parte de su fórmula para mover masas y suelen hacerlo o desde el poder o desde la oposición sin problema.
A este tipo de discurso y acción política se suman las redes sociales, en donde el fanatismo encierra a sus creyentes en una burbuja donde solo consumen noticias e información que va con sus creencias. Sin duda hoy es más fácil identificar tendencias similares y esto genera que las personas que piensan igual se encuentren fácilmente.