Regular el derecho fundamental a la educación es una tarea que el país ha pospuesto por 30 años. A pesar de la jurisprudencia, no hay una norma que regule los contenidos, principios y elementos esenciales de este derecho. El Gobierno del cambio se ha propuesto transformar esta realidad, a través de un proyecto de ley cuya discusión estaremos liderando y defendiendo esta semana en Comisión Primera de Senado, en su tercer debate. A continuación, te cuento algunos elementos esenciales sobre el contexto de esta propuesta.
Actualmente, el derecho a la educación en el país enfrenta múltiples desafíos en términos de calidad, acceso, condiciones de permanencia y cobertura, entre otros. La situación es compleja. Por ejemplo, 1 de cada 5 niños y niñas del país está matriculado en la educación inicial. Y en cuanto a cobertura, la capacidad del sistema educativo para atender la población que demanda el servicio, llegamos al 11% en prejardín y 17% en jardín, mientras que en transición se alcanza el 95%, puesto que es el único nivel obligatorio.
La situación de la educación básica y media no es muy diferente. A nivel nacional, si bien la cobertura bruta para básica primaria y secundaria es casi universal, la cobertura neta para media es del 49%, y de cada 100 estudiantes que ingresan a primaria, sólo 54 logran culminar la enseñanza media, y de éstos apenas 11 lo hacen con las competencias necesarias.
En educación superior, el escenario se repite: no se cumplió la meta de cobertura del 60% en el periodo 2018-2022, quedando apenas en un 54%. Si bien este dato es sustancialmente mayor que hace 30 años, aún sigue estando lejos de lo deseado. Además, solo el 34% de los municipios ofrece algún programa de educación superior, y el 64% de las matrículas se concentran en Bogotá, Antioquia, Valle, Atlántico y Santander.
Estos escenarios descritos empeoran aún más si los desglosamos entre población urbana y rural, o si los comenzamos a analizar en términos de condiciones materiales: solo uno de cada cuatro jóvenes en la ruralidad ingresa a la universidad; también, existe una correlación entre deserción, mayores niveles de necesidades básicas insatisfechas, departamentos con baja cobertura y bajos indicadores económicos. Incluso, en departamentos con peores condiciones educativas, se observa mayores tasas de matrimonio infantil.