Una “esperanza firme en que algo suceda” es lo que entendemos por confianza siempre y cuando ese algo “sea o funcione de una forma determinada” y no de cualquier manera. Para que suceda como lo dicta mi esperanza tiene que corresponder lo que he imaginado con el mundo real y “actúe tal y como esperamos conociendo sus capacidades”, lo que puede aplicarse a nosotros mismos si tenemos “seguridad al emprender una acción difícil o comprometida”.
La desconfianza surge no de que actuemos de tal o tal otra manera sino de la no correspondencia entre nuestros actos y lo que se espera de nosotros, ya sea por incapacidad o por mala fe. ¿Qué tan seguro podemos estar de que las cosas sucedan como quisiéramos si no hay en quien depositar nuestra confianza? Cuando surge el anhelo de un futuro mejor es porque vemos en alguien o en nosotros mismos la capacidad y el deseo de construirlo. Sin esa confianza no podríamos escapar de un presente desesperanzador.
La confianza que nos llena de optimismo puede trocarse en desconfianza cuando se notan signos de engaño y traición; lo que veíamos con el lente de la esperanza de repente se ve nublado por la duda. Al desconfiar se aniquila la esperanza y se pierde la seguridad. Otra cosa ocurre cuando no ha existido esperanza alguna porque se tiene certeza de que nada bueno se puede esperar de una persona o de un suceso. Ahí no existe desconfianza porque no ha existido una confianza previa.