Colombia, el "país de la belleza", ese eslogan tan bien vendido en ferias internacionales y en videos promocionales con playas cristalinas, cafetales interminables y selvas exóticas. Pero detrás de la fotografía idílica, hay una verdad incómoda: la violencia y el abandono siguen siendo la moneda de cambio en amplias regiones del país. Queremos que los turistas vengan, pero este gobierno olvida garantizar que puedan salir con vida.
Vale la pena mencionar que el conflicto armado ha azotado el país desde hace décadas, destrozando no solo vidas y familias, sino también cualquier posibilidad de desarrollo sostenible. Millones de desplazados, territorios saqueados por la guerra y un Estado que solo aparecía en campañas electorales. Sin embargo, con el Acuerdo de Paz de 2016, por fin se vio una luz al final del túnel. No solo se trataba de silenciar los fusiles, sino de abrir una ventana de oportunidad para el turismo y la economía local en regiones históricamente olvidadas.
Con la pacificación parcial de zonas como la Sierra Nevada, el Catatumbo y el Pacífico colombiano, se abrieron las puertas para el turismo rural, ecológico y comunitario. Comunidades enteras, que antes sólo conocían la guerra, comenzaron a organizarse en cooperativas, asociaciones y proyectos turísticos. El turismo se convirtió en una vitrina global: mostrarle al mundo que Colombia es más que narcotráfico y guerrilla, que también es biodiversidad, historia y cultura.
En tal sentido, los datos y las cifras hablaban por sí solos. En el año 2019, antes de la pandemia, Colombia recibió más de 4,5 millones de turistas internacionales, con un crecimiento del 3,4% anual, según ProColombia. El turismo logró generar ingresos superiores a los 6.800 millones de dólares, convirtiéndose en uno de los principales sectores de la economía.
Pero claro, este país tiene un talento innato para dispararse en el pie. Por otro lado, la tan aclamada "paz total" del actual gobierno ha hecho de la inseguridad una política de Estado. Hoy, las mismas regiones que estaban comenzando a prosperar han vuelto a ser escenario de enfrentamientos entre grupos armados, desplazamientos forzados y paros armados. ¿De qué sirve construir ecoturismo en el Cauca si los turistas deben llegar con chaleco antibalas? ¿De qué sirve promover a la Sierra Nevada y el Magdalena Medio como paraísos naturales si los índices de violencia se encuentran por las nubes?
La realidad es que hoy el campo de batalla ya no es sólo rural, también es económico. El turismo, que podría ser una fuente inagotable de desarrollo para las comunidades, es cada vez más frágil. El Chocó, por ejemplo, un paraíso natural con el mejor avistamiento de ballenas en el mundo, está sometido a la ley del fusil. La Defensoría del Pueblo alertó que el 73% del territorio nacional está bajo amenaza de grupos armados y aunado a lo anterior, con el reciente paro armado por parte del ELN, el panorama no parece mejorar.
Pero sigamos vendiendo la idea de un país en paz. La respuesta internacional a esta situación ha sido contundente: Estados Unidos, Reino Unido y Canadá han actualizado sus advertencias de viaje, recomendando evitar departamentos enteros como el Chocó, Arauca, Cauca y Nariño. Si no pueden garantizar la seguridad ni de sus propios ciudadanos, ¿cómo esperan que un turista se arriesgue a venir?