El juego de las precandidaturas presidenciales está abierto, van cerca de 30 candidatos y contando.
Pero el juego se cerrará. Muchos son los lanzados pero pocos serán los escogidos por, entre otras cosas, el efecto bandwagon que enseña que la competencia termina reduciéndose a 2 o 3 candidatos -el resto termina descolgándose- porque el elector, dado que no le gusta perder, acaba montándose en el vagón en que se sube la mayoría de la gente, el de los punteros.
Digamos que, tras el efecto bandwagon y otros, como la polarización impulsada a través del populismo, podrían conformarse 4 bloques en competición. El del centro, centro derecha e izquierda y, quizás, alguien que se aparezca por sorpresa, que no se vea venir, que genere una ola, un envión en la recta final como pasó en su momento con Mockus y la ola verde y hace 4 años con el ingeniero Hernández que apareció de pronto. Pero esos fenómenos no suceden cada 4 años.
De la centro derecha, surge Vicky Dávila que está, con Fajardo, punteando en todas las encuestas y que tienen en común que están adelantado sus precampañas sin jefes políticos y sin alianzas con partidos sino más bien, con los ciudadanos. Cada uno abriéndose camino desde la independencia política. Las uniones, supongo, vendrán después, una vez esté trazada casi toda la cancha. Es más, arrancar las uniones desde ahora es un error que aprovecharía Petro. Se victimiza, ese es su bucle.
El gran riesgo de Vicky -y quizás su gran error- fue que arrancó la campaña muy temprano y ello le implicará un desgaste muy grande porque el camino es largo y culebrero. Ella debió salir tarde, como el ingeniero Hernández, en el segundo semestre 2025 y generar ahí sí, en la recta final, el fenómeno político, la ola, que la hubiera catapultado a la presidencia. Perdió el factor ¡sorpresa!